Blog:

Junio 9, 2015

Estadio Nacional

Del vestuario local salieron varios hombres en fila rumbo al campo de juego, cientos de periodistas nacionales e internacionales los esperaban en la pista atlética, no eran jugadores de fútbol, eran los prisioneros de La Legua, al sur de Santiago. La dictadura los turnaba para salir al campo con la intención de mostrarle al mundo que gozaban de buena salud y que eran tan solo 3.000, cuando en realidad había cerca de 12.000 prisioneros dentro de los pasillos del Estadio Nacional.

Como ellos, miles de seguidores del presidente socialista Salvador Allende, derrocado aquel 11 de septiembre de 1973 por el comandante en jefe del ejército, general Augusto Pinochet, quien asumió la dirección del complot, fueron secuestrados y llevados a uno de los campos de concentración más grande durante la dictadura militar: El Estadio Nacional. Durante esos días, el miedo y la incomprensión se apoderaron de los ciudadanos chilenos, la prensa publicaba avisos de recompensa por delatar a los ‘traidores’ y la persecución sistemática mantenía en vilo a familiares y amigos de los supuestos traidores de la patria.

En uno de los vestuarios dormían aproximadamente 150 prisioneros, turnándose el piso para poder dormir; los sanitarios de los baños eran disputados violentamente para apropiarse del antigénico cubículo en medio de un invierno que desgarraba los huesos. Las heridas se hacían más inaguantables cada madrugada de temperaturas bajo cero, los zapatos que servían como almohada eran el único descanso de los gritos de dolor y de disparos que se oían a lo lejos.

Hugo Lepe, ex defensor de Colo Colo, vivió en carne propia aquellas noches de zozobra. Uno de sus amigos, Francisco "Chamaco" Valdés recuerda cuando lo visitó en el Nacional, donde días antes habían defendido juntos a la ‘Roja’: "Fue un encuentro muy especial, un apretón de manos, un abrazo y decirle mañana o pasado vas a salir”, días después Lepe fue liberado. Quien no contó con tanta suerte fue Víctor Jara, músico y cantautor chileno quien fue torturado y ejecutado junto a otros prisioneros en el antiguo Estadio Chile, el cual después fue denominado Estadio Víctor Jara.

Aún hay registros de los palos de madera, como el de los helados, los cuales eran pintados en cada extremo con  puntos que equivalían a un número para poder jugar una partida de dominó. Un día de suerte, les regalaron una hoja de afeitar con la que más de 40 prisioneros pudieron mejorar el aspecto de su demacrado rostro.

La desnutrición era otro de los problemas al interior de este improvisado campo de concentración. Uno de los reclusos recuerda que durante varios días, su único plato de comida era una olla de frijoles que era repartida entre todos los reclusos en un pocillo acompañado de un pan. Aunque señala que más allá de la falta de comida, muchos sufrieron más por la indolencia que venía de afuera: “Nosotros más que hambre de un plato de comida, teníamos era hambre de justicia por lo que estaba sucediendo sin que nadie hiciera nada”.

Hoy en día, en el interior de las tribunas del estadio se conservan las marcas de iniciales y fechas dibujadas por los presos con piedras, clavos y monedas: "RJS 12 IX 73", "JCTS 16 IX 73", "SAE 16 IX 73”, son las fechas donde muchos de ellos perdieron la vida. A horas de la inauguración de la Copa América en este histórico escenario, vale la pena recordar parte del pasado de la sociedad chilena para que no quede sólo en las paredes del Estadio Nacional cuando se dé el pitazo inicial.

Daniel Santamaría Jaramillo

Twitter: @danielsaja03

Comentarios