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Cuando me robaron el carro en un Colombia-Perú

El gol de Nolberto Solano y la victoria de los peruanos en las Eliminatorias al Mundial de Corea y Japón no fue lo único malo el 16 de agosto de 2001. Copio la crónica que presenté en la Universidad de La Sabana sobre el robo. Germán Arango la calificó, dijo que había sido un “relato animado” y lamentó el atraco. Esperando que este sábado Colombia gane en la Copa América y no pase nada malo, aquí va el texto: ____________________________________________________________

El gol que nunca hizo la Selección sí lo anotaron los ladrones

La derrota de la Selección Colombia ante Perú había acabado con la intención de celebrar hasta las horas de la madrugada. La ilusión de ir por cuarta vez consecutiva a un Mundial se alejaba cada vez más. Para Johnny era una noche desastrosa y eso que faltaba algo peor. Como si fuese un mal agüero, dejó su celular en la mesa que acompaña su cama y sacó 20.000 pesos para ir a la calle con sus amigos, comprar algo de tomar y, como era obvio, hablar de fútbol. Terminó el partido, ganó 1-0 Perú con gol de Solano, e inmediatamente cerró la puerta de su casa y prendió su carro para llevar a sus amigos y novia a casa. El jueves 16 de agosto tres hombres armados les apuntaron. Resumen: un disparo al aire, un grito ranchero y adiós carro. Antes de llegar a la autopista norte se desviaron porque Carolina tenía hambre. Johnny sugirió parar en una tienda y comprar algo de comer, pero también de beber. Una y dos cajas de aguardiente quitaron la sed y el apetito de las siete personas que iban en el Hiunday cereza modelo 96. Besito de despedida y nada menos: Carolina se quedó en su casa para dormir seis horas antes del parcial de las nueve de la mañana. El destino ahora era el parque del barrio Mazurén, cerca de la casa de Diego y Daniel. El fútbol directa o indirectamente hace sufrir A las tres de la mañana el parque estaba desolado, oscuro y frío; incluso había una leve neblina suficiente para humedecer el carro y empañar sus vidrios. Ningún automóvil circulando, sólo una chatarra estacionada en la esquina, ningún transeúnte a la vista. Dos veces pasó una motocicleta de la Policía. “Uno nunca sabe. Vayan que de pronto lo roban”, le dijo Johnny a Daniel al ver que se iba solo a su casa. Era mejor que alguien lo acompañara y así fue: William y Diego lo abrazaron y se perdieron por entre los árboles que rodean el parque. Pasaron cerca de 15 minutos cuando sonó una voz fuerte y agresiva. “Quietos chinos maricas si no quieren que les pase algo”. Todos hicieron caso y retrocedieron obedeciendo la orden de la pistola que apuntaba a la cabeza de Johnny. El otro delincuente preguntó por las llaves del carro mientras el restante apuntaba a Jairo y Javier. La motocicleta que pasó un par de veces por el parque no se vio ni siquiera en el CAI horas después. Un asaltante subió al carro, lo prendió e inmediatamente sus acompañantes hicieron lo mismo. “¡Nos vemos hijuep…! Chillido de llantas, balazo apuntando sobre las cabezas y el carro que desapareció hacia el oeste por entre la niebla y la soledad de la madrugada. William y Diego regresaron corriendo tras oír el disparo, sólo ellos y no los policías del CAI, ubicado a dos cuadras del parque. “¿Un teléfono?”, pidió Johnny. ¡Hagamos algo!”, gritó William… Corriendo hacia la autopista un taxi pasó y en él se montaron Johnny y William para seguir el carro y avisar a todos los taxistas de la recompensa de un millón de pesos al que lo encontrara. Los demás corrieron al CAI. “Présteme un teléfono para llamar a todas las empresas de taxistas y dar aviso del robo”, solicitó Diego al patrullero de turno. “No sirve, pero ya doy aviso por radio, tranquilos que no hay más que se pueda hacer…”, contestó el policía. Una ilusión y más tristeza Al ver que el CAI no tenía más que ofrecer, comenzaron a parar taxis en la autopista, en la paralela y cerca del centro comercial Mazurén con el mismo fin de William y Johnny. Pasaron cerca de 45 minutos hasta que un taxista frenó bruscamente: “Súbanse que ya lo localizamos”. Todos pidiendo a Dios porque fuera verdad subieron y llegaron hasta la calle 95 con autopista… “¿Su carro es un Nissan Sentra Blanco”, preguntó el taxista. “No. Ojalá, pero de todas maneras, gracias. Usted ha hecho más que la Policía”, lamentó Jairo. Ya eran las cinco de la mañana y habían pasado dos horas luego del robo. La mayoría de efectivos de la Policía, los de respuesta inmediata, estaban en el estadio El Campín velando por la seguridad de los fanáticos de la selección Colombia. En ese lugar cumplieron su cometido: nada de trifulcas, desorden o cualquier otra anomalía. Mientras tanto, 17 carros, según el policía que recibió la denuncia en la estación Servitá, fueron robados esa noche únicamente en el norte de la capital. El final, como la mayoría de todos: el aviso a las autoridades encargadas y la ilusión de encontrar lo perdido, como el mismo Mundial de 2002. * El texto tiene algunos cambios, pero no sustanciales. Si quiere seguirme en Twitter: @javieraborda

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