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Dejen de comparar a Falcao

Estamos tan obsesionados con alimentarnos del éxito que ni siquiera nos percatamos de lo maleducados que somos cuando calificamos a los demás, creyéndonos jueces de vidas ajenas. Es lo que pasa con Falcao, a quien andamos evaluando tanto como si él nos debiera explicaciones. Cada vez más la prensa colombiana se está pareciendo a la argentina, a los periodistas que relinchan al tiempo que exprimen hasta la última gota de los deportistas que les dan de comer. Y no es para menos. Por culpa de los de aquí y los de allá, ya conocemos los carros de Falcao, su casa-mansión en Madrid, los gustos de su esposa, cómo son ambos en el hogar, qué comen, qué les gusta, qué hacen… Oímos el reencauche de la primera entrevista que dio cuando era un niño (cuando ni siquiera sabía lo que era en realidad una entrevista). Preguntamos por sus sacrificios en Bogotá (no salir de rumba, por ejemplo, o subirse por la parte trasera de un bus para ahorrarse algo del pasaje); nos interesamos en Ludueña y toda la historia del apodo que le puso al “Tigre”; averiguamos por las necesidades del delantero cuando vivió en Buenos Aires, chismoseamos sobre su amor a la Iglesia y hasta indagamos cómo hacía para aguantarse las ganas de hacer el amor en las concentraciones (pregunta que le hicieron en Bogotá, si mal no recuerdo, antes de jugar el esperpento amistoso ante Guyana). Nos faltó recomendarle un acondicionador para el pelo. Fastidia que se hable a toda hora de Falcao, de la tal “Falcaomanía”, y que lo anden comparando con lo que se plazca. Igualarlo con Messi y Cristiano Ronaldo está de moda. Todo eso molesta porque el mismo protagonista ha dicho hasta la saciedad que no le gusta, mejor, que no le importa. Segundo, porque Messi también se ha apartado tantas veces como puede de estas insoportables mediciones y, tercero, porque Cristiano Ronaldo se sirve de su talento para acrecentar su ego, por lo que compararlo con Falcao es un simple desencanto. ¡Esto es excesivo! Hicimos encuestas a periodistas sobre si Falcao es el mejor jugador colombiano de toda la historia, cuando ni siquiera ha jugado un Mundial, y le hablamos incluso a estas alturas de la vida del retiro, de si quería despedir su carrera en Millonarios. Falcao es una verdadera proeza del fútbol colombiano que se formó así en el exterior. Callar ante sus condiciones actuales es imposible; un crack en absoluta dimensión merece despliegue en los medios. Recientemente, contra Osasuna, el samario ajustó 11 juegos seguidos anotando, “algo que no han logrado ni Lionel Messi, con Barcelona, ni Cristiano Ronaldo, con Real Madrid”. Todo es válido de reconocimiento, aunque no para poner siempre al artillero en la palestra. Las constantes evaluaciones a su rendimiento solo indican que somos personas incapaces de ver sin calificar. ¿Por qué esa costumbre de andar midiéndonos, de obligarnos al “éxito” para estar satisfechos? Somos victimarios desde la prensa, claro, pero también víctimas de nuestro propio invento. Estamos jugando el partido que les interesa a los clubes ávidos de dinero, a los apoderados de los jugadores y a las firmas patrocinadoras que ganan cada vez más con los ídolos de la gente. “(…) Uno no debe pensar en el éxito. Es un error de educación”, dijo el escritor colombiano Mario Mendoza, que toca un punto de reflexión pertinente: “Es lo que llamo la cultura de centro, que te dice: 'sé bello, sé exitoso, tienes que triunfar en la vida'. Son cargas que uno se echa encima. Si te tragas ese discurso, te vuelves esclavo de una orden que te dan”. Falcao es Falcao. No tiene por qué ser el mejor de todo el planeta como la mayoría impulsa. No necesita serlo para afirmar que es una persona ejemplar y, a la vez, el mejor goleador del momento en todo el mundo. Él  no necesita ganar el Balón de Oro para revalidar su talento. ¡Su gesta así no más es admirable! Hace poco, el ex lateral brasileño Roberto Carlos decía que “Si uno no tiene la cabeza en su sitio y gente de confianza al lado, como tuve yo, o como Ronaldo o Kaká, a veces la calidad sola no basta”. A Falcao, por fortuna, le sobran la calidad y el buen juicio entre tantos desenfrenados que hoy lo alaban y mañana, cuando baje la marea, se atreverán a juzgarlo. Seguir a @javieraborda

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