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El fútbol me dejó

Carlos me miró algo preocupado, se puso de pie y me pasó ese cubo de cartón que he visto en su consultorio durante los dos años que llevo yendo a hacer terapia para controlar el estrés, para descargarme del trabajo, para hablar de mis angustias y problemas de crianza, y que nunca entendí muy bien para qué era hasta que él, mi “analista” -como dirían los argentinos-, me lo entregó para que yo tomara un pañuelo de papel y me limpiara las lágrimas. Sí, yo, con mis ínfulas de tipo duro y altanero, el pendejo al que una vez un alto directivo de nuestro fútbol le dijo “sicario del micrófono” casi escupiendo de la piedra por televisión nacional, el bobazo que se vanagloria de la animadversión que genera en ciertos círculos de poder por sus investigaciones sobre corrupción en el fútbol, el que más de una vez ha estado a punto de darse en la jeta con unos barra bravas y ha sido amenazado y ha sido señalado y ha sido puteado… ese machito de mentiras, ese gallito, yo, estaba llorando en el sofá de mi sicólogo mientras me miraba la rodilla izquierda por culpa de una frase que me habían dicho dos semanas atrás: “hay que cambiar de deporte”. El ortopedista me lo dijo como quien dice “el día está gris”: sin sentimiento, sin compromiso, como debe ser un médico de muchos años que sabe que eso pasa, más cuando uno es un deportista de fin de semana que no entrena regularmente, acumula 35 diciembres encima y tiene esos kilos de más que dan el placer de lo que mi abuela llama “la buena vida”. “Hay que cambiar de deporte, ya no se puede volver a jugar fútbol”, me dijo y, aparte del ligamento posterior de la rodilla izquierda, algo se me rompió por dentro; ese algo que me hizo llorar en el sofá de Carlos, ese algo que, en palabras del sicólogo me tiene “en duelo”. El fútbol, jugar fútbol, murió para mi y me siento infinitamente triste. No se pierde nada, yo sé. Es decir, nunca pasé de limitado volante de recuperación o defensa central con cierta facilidad para hacer quites barriéndose y para ganar en el hombre a hombre, producto de un buen estado físico que se perdió con los años. Nunca fui profesional. Nunca fui más que otro entusiasta que no desaprovechaba la oportunidad para jugar en donde lo invitaran y en donde se pudiera por la alegría misma de jugar, sabiendo de entrada que no lo hacía realmente bien. Sí, nunca fui bueno, en las canchas nadie me extrañará, pero no puedo dejar de sentirme vacío porque no voy a poder seguir siendo ese tronco feliz que fui. Y es que eso es el fútbol aficionado: alegría, desenfado, la mejor terapia contra el estrés, la mejor forma de conocer a alguien, de saber sus valores, de entender el trabajo en equipo, de hacer amigos, aunque sean sólo los “amigos de jugar fútbol”, que en últimas terminan convirtiéndose en parte fundamental de la vida de uno. Pero ya no más, “hay que cambiar de deporte”, me dijeron, y estoy a la espera de una cirugía que no me haré pues no puedo estar incapacitado seis meses cuando al frente tengo que trabajar con Copa América, Mundial Sub-20 y Mundial Femenino, lo que me lleva por la senda de una dolorosa fisioterapia que no me va a dejar igual. “Hay que bajar diez kilos para volver a trotar… si es que puede volver a trotar”, me dijo otra doctora, que trató de subirme la moral diciéndome un montón de cosas buenas de mi constitución muscular y que gracias a mi “pasado como deportista” (porque claro, ahora soy un gordete) me auguraba una buena recuperación, pero cerrando su diagnóstico con la misma frase: “hay que cambiar de deporte”. Y lo peor es que no se trata de cambiar de deporte, de ponerme a nadar -o a jugar ajedrez como me han dicho entre risas varios-, no se trata sólo de la arruga que se me hace en el alma cada vez que abro mi armario y veo la pila de camisetas de los múltiples campeonatos en los que jugué y que no voy a volver a usar un sábado en la mañana o un lunes en la noche, no se trata sólo de lo miserable que me siento por saber que nunca voy a volver a rechazar de cabeza en un tiro de esquina; no, se trata de que esto se convirtió en el recordatorio de que el tiempo pasa, el cuerpo cambia y, aunque mi yo de 12 años no lo quiera aceptar, no soy Superman. Nunca lo fui, aunque me lo creyera. El fútbol me dejó y duele; más incluso que esa caída estúpida por las escaleras con la que me rompí ese ligamento. El fútbol me dejó y me rompe el alma; especialmente porque yo no soy capaz de dejarlo.

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