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Escalera al cielo... va por los niños de Operación Sonrisa

Uno de los mil datos que se han ventilado sobre Miguel Calero por estos días es que su cabeza rapada se debía a que hace rato le prometió a los pequeños pacientes de una fundación para niños enfermos de cáncer que siempre se la iba a dejar, para que ellos no se sintieran mal por perder el pelo en su quimioterapia. Eso habla de las calidades humanas de un hombre que no sólo fue un grandísimo futbolista, un ganador, un mito en Pachuca, sino ante todo, y más que eso, un gran tipo. Yo no estoy a la altura de Calero en nada, sólo en la calva y porque la mía es natural, pero en la Fundación Operación Sonrisa, una obra maravillosa que ayuda a niños con paladar hendido , creen que puedo ayudarles a hacer visible su gran labor y, aunque llevo un par de meses en esas, llegó mi hora de la verdad: a nombre de los niños de la Fundación voy a correr este sábado 8 de diciembre el ascenso a la Torre Colpatria, una peculiar prueba en la que uno se enfrenta con los escalones del edificio más alto del país y en el que estarán presentes lo más grandes exponentes del Towerrunning mundial, los profesionales del ascenso en Colombia, los aficionados que se suben a Monserrate todos los fines de semana y yo, que lo único que tengo son buenas intenciones y casi 100 kilos encima. Los aficionados al fútbol disculparán porque esta vez no hablo de nuestra pasión, pero de veras quiero que le peguen una mirada a lo que hace la Fundación y vean cómo pueden ayudar. Sin embargo, para que este clic no sea perdido, para que tenga algo qué leer, quiero compartir con todos mi historia con el ascenso a la Torre Colpatria porque, acá donde me ve, en el 2005 me la subí al trote para hacar este artículo previo a la que fue la primera edición de esta prueba que va ya por ocho versiones. Esta vez, como esa, me agarra en semana de cumpleaños; la diferencia es que en ese entonces trabajaba en el desaparecido Diario Deportivo, tenía 25... y menos calva: Artículo publicado el miércoles 7 de diciembre de 2005 en el Diario Deportivo Debió ser por la crisis que representa cumplir 26 años y dejar de pertenecer a la categoría 'adultos jóvenes' (demográficamente hablando, por supuesto), pero dos días antes de que me partieran el bizcocho acepté el reto de subir al trote la Torre Colpatria, el edificio más alto de Colombia. Mañana, cerca de 2.500 atletas lucharán contra el reloj y contra los 980 escalones que recorren los 162 metros de altura del tradicional edificio que se ha convertido en uno de los símbolos de la capital de la República, pero el viernes pasado, ataviado con pantaloneta y algo de nervios, yo estaba en el lobby de la torre mientras que los cientos de empleados que allí laboran me miraban extrañados. Claro, era el popular 'jean day' (costumbre extraña de las oficinas criollas), pero yo estaba ligeramente más informal que el resto... El caso es que pasadas las 9 de la mañana, y tras supervisar el recorrido que iba a tener por los 48 pisos que se imponen en el centro de Bogotá, me puse a estirar. Un leve dolor en la nalga derecha me hizo pensar que iba a tener problemas y que ya no era el mismo muchachón rebosante de energía de antes, pero sobre todo que debía haber entrenado para cumplir con un tiempo decente. Es que la carrera de mañana será la primera que se celebrará en la Torre Colpatria, y además será la primera vez que se corre un ascenso a una edificación de esas dimensiones en el país y en Suramérica. Y si yo me la iba a correr antes para explicar a los atletas con qué se van a enfrentar, tenía que tratar de dejar el listón en alto, lo que en mis poco ambiciosas aspiraciones era llegar al mirador en menos de una hora. Cuando le conté a algunos de los organizadores del evento mi plan mientras estiraba, casi se destornillan de la risa. "¿Una hora? No, en serio, en el simulacro el récord fue de 5:17". Sí, cinco minutos y diecisiete segundos fue el tiempo que un atleta de elite internacional se tomó en subir casi mil escalones a toda velocidad en el simulacro, y es la marca inicial para mañana. Yo me demoro más tomándome una gaseosa... Con ese dato, a mí me dolió más la nalga, pero había que hacerle, ya me había comprometido conmigo mismo, y empecé. Al trote llegué a la escalera, me encontré con un '1' gigantesco recordándome que hasta ahora empezaba y que me faltaban 48 más de esos números negros, y de dos en dos empecé a dejar escalones atrás. Iba bien, al menos no me dolía nada, y me encontré con la buena energía de los empleados de la Torre que subían o bajaban por los peldaños en un ofuscado día laboral y tenían tiempo para darme ánimo. Cuando uno de ellos me dijo: "¡Buen ritmo mijo!", me animé más. A dos días de cumplir 26 años y a pesar de la profunda calva, en pantaloneta todavía parecía un 'mijo'. La temperatura sube, sube la temperatura Mañana, desde las 8:30 de la mañana, grupos de diez atletas saldrán cada minuto desde la carrera séptima para enfrentarse a los escalones que yo iba dejando a punta de sudor el viernes pasado. La verdad, en ese momento, cuando superaba el piso 15, no iba mal. Comparativamente hablando, acababa de subir el equivalente a la mayoría de edificios altos de la capital, y aunque las gafas ya se me empezaban a empañar, no me dolía nada; ni la nalga. Pero al llegar al piso 20 me di cuenta de que este tipo de pruebas de ascenso son aún más exigentes que las de largo aliento en atletismo. Cuando uno corre una maratón, una media maratón o una prueba de 10 kilómetros, las piernas trabajan de una forma totalmente diferente a cuando se está subiendo por una escalera. En el ascenso los gemelos, esos músculos que quedan en la parte baja de la pierna y le ayudan a uno a ponerse en puntas de pie, sufren de lo lindo. A mí me empezaron a doler en el piso 22. Los sentí pesados, duros, tensos y, sobre todo, incapaces de finalizar al ritmo que llevaba. Por eso, y porque no se trataba sólo de los gemelos sino de mi corazón que me advertía que si seguíamos así uno de los dos iba a fallar, decidí frenar un poco, dejar de subir trotando, y continuar el ascenso al ritmo de caminata. No se bien si es una señal del destino, pero todo esto sucedió en el piso 26, lo que me afectó enormemente la moral. Más si se tiene en cuenta que en ese instante una señora como gordita salió del piso 25 apurada y me pasó como buseta llena rumbo al 27. Tenía que terminar, era cuestión de orgullo, y tenía que terminar con un tiempo decente. Miré mi cronómetro, iba apenas por encima de los tres minutos y, aunque obviamente ya no iba a batir el récord (la verdad es que era imposible que lo hiciera), continué despacio pero de prisa. Pasó el piso 30 y con las piernas pesadas me acerqué al 40. Ya me tocaba aferrarme del pasamanos de la escalera para no perder el ritmo en las curvas y, para animarme, grité un 'ya casi llego' medio ridículo. El piso 48 estaba apenas señalizado. Los números gigantes y negros de los 47 anteriores eran motivantes y retadores, pero el último piso de la Torre Colpatria tiene un letrerito rojo y chiquito en una esquina. Eso me desanimó, pero no fue más que cuestión de un segundo pues al voltear y subir el escalón 980, el último, el definitivo, sólo tuve que cruzar la puerta del mirador para conocer el cielo. 9 minutos, 56 segundos y 63 centésimas me tomó ascender por las escaleras de la Torre Colpatria. Muy seguramente los atletas elite aplastarán mi récord mañana, y es más que probable que buena parte de los de la categoría abierta limpien el piso con él. No me importa. Lo único que me importa es que lo hice, ascendí entero, tranquilo, satisfecho, sin dolor posterior en ninguna parte del cuerpo, y que fue una forma maravillosa de celebrar anticipadamente mis primeros 26 años. Eso sí, para los 27 voy a inventarme otra cosa que no me recuerde cosas como acercarse al cielo y, sobre todo, que no me obligue después a meterme en un ascensor lleno de gente que está trabajando y lo ultimo que quiere ver es a un tipo todo sudado que baja sonriente al primer piso. En Twitter: @PinoCalad

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