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Los dueños del balón

Después de ver la película ‘Green Street Hooligans’ uno se queda sorprendido de ver cómo personas destruyen totalmente sus vidas “defendiendo los colores de un equipo de fútbol”. La película es dura, impactante y refleja una triste realidad. Una triste realidad que, lamentablemente, en el fútbol argentino hoy en día es peor. “Soy profesor de historia y educación física, ¿o es que crees que me pagan por ser barrabrava?”, le dice el capo de la barra del West Ham United a un estadounidense que va a visitar a su hermana a Inglaterra. Hoy sí les pagan. Ser barrabrava es una profesión. Ahora existen los mercenarios del aliento. Esos que reciben dinero por pararse en un paraavalanchas a gritar todo tipo de improperios contra el cuadro rival o a cantar por ‘su’ equipo. Es tanto el negocio que ya ni siquiera se enfrentan contra tipos de otros clubes –ahora es a tiros, no a puño limpio como en el largometraje-, sino entre ellos mismos. Ser líder de una barrabrava genera beneficios económicos y judiciales. ¿Cómo? Además de que se adueñan de las reventas, los negocios de las afueras de los estadios de comida, ropa, banderas, etc., y obtienen entradas de manera gratuita, reciben dinero de políticos que los contratan para hacer presencia y algo de bulla en sus campañas y actos públicos. Esos  señores que llenan un estadio para ver –de espaldas- un partido, son los mismos que después copan el mismo escenario para un acto político. El mismo que un día está colgando un trapo de equis club en una tribuna, al otro día está ondeando una bandera de cualquier partido político. El que mejor les pague. Incluso se han llegado a mezclar ambas cosas: ¿cómo olvidar la bandera con la cara del ex presidente Néstor Kirchner en la popular de Boca en pleno cotejo? En la película, los hooligans eran algo aislado al club y no tenían relación alguna con los dirigentes del club, ni políticos como sí sucede ahora. Los policías son otro factor fundamental en el filme. Cuando los barras estaban peleando, la Policía llegaba y todos salían corriendo a escapar. Hoy, ni siquiera aparecen. Los encargados de velar por la seguridad de los ciudadanos comunes transan con los violentos. ¿Sino cómo se explica que se vean elementos prohibidos en los estadios como bengalas, bombas de estruendo, ¡ataúdes! o incluso armas? Muchas veces, los policías hacen el papel de barras uniformados. El ejemplo más reciente le sucedió a Javier Cantero, presidente de Independiente. Su equipo descendió a la B este semestre por primera vez en su historia. El dirigente rojo se enfocó más en erradicar a los violentos de las tribunas que en llevar buenos jugadores para el campo de juego y tuvo mala suerte en el aspecto deportivo. El viernes, en plena Asamblea de Socios, fue agredido a sillazos por la barrabrava del cuadro de Avellaneda. ¿Cómo entraron ahí?, se preguntaron todos. ¿Qué dijo Cantero minutos después de la locura? “La Policía me entregó”. Hoy en día, el centro de atención en el fútbol argentino no pasa por los jugadores. Los dueños del balón son otros. Ellos –con el respaldo de los de más arriba- son los que deciden cuándo se juega o cuándo se cancela un partido. Ya no se analiza el planteamiento de algún entrenador. Ya se indaga sobre quiénes organizaron el operativo policial para un encuentro y se califica si fue exitoso o no. Pablo Ríos González Twitter: @pabloriosg Seguir a @pabloriosg

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