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Santa Fe le debe el castigo a Gerardo Bedoya

   De a poco,  pasa la tormenta. La agresión de Bedoya a su colega de Millonarios empieza a volverse una anécdota y ahora la noticia fresca habla de las disculpas , del arrepentimiento. Es el mismo ciclo de la vida, iniciar y terminar. Es el ciclo de la información, publicar y luego olvidar. Después de esto hablaremos de la sanción al jugador y posteriormente todo quedará rezagado, tal vez a un mísero gol. No hemos aprendido nada ni hemos aprovechado esta oportunidad para intentar ser mejores en el futuro. Toda la discusión que originaron el codazo y la brutal patada de Bedoya contra Jhony Ramírez fue básica al extremo y jamás hubo un intento certero de aleccionamiento para todos aquellos que suelen terminar sus problemas y expresar su impotencia con fuerza bruta y malograda. Es difícil creerle la pena a un jugador que ha visto la tarjeta roja 41 veces durante su carrera deportiva. Su sentimiento de lástima propia debió llegar hace tiempo, no ahora, días después del suceso. Las disculpas de Bedoya luego del clásico eran su única alternativa y cuando esto sucede el margen de sinceridad se reduce. A Bedoya le era imposible quedarse callado y tampoco era aconsejable hacerlo. Cumplió con su mínima obligación y no es para aplaudirlo, como andan diciendo algunos. Que se requiera valor para ello, para dar la cara, ya es otra cosa. Así que lo que dijo Bedoya era más que previsible. Para su fortuna y la de todos al fin y al cabo, Jhony Ramírez no avivó el fuego sino que mostró sus heridas como un trofeo de guerra. Su gesto sí fue de grandeza, un llamado a la paz. La ramplonería de Bedoya, en cambio, quedó en la retina de todos como un tatuaje. Por eso es que para borrar esta marca se necesitaba láser y no agua y jabón. Hubiera sido memorable que Santa Fe respaldara al jugador, como evidentemente lo hizo, incluso resaltando el valor de la familia cardenal, pero marcándole una suspensión interna por su mal comportamiento. Decirle al público, antes que esperar la sanción de la Comisión Disciplinaria de la Dimayor, que una institución de su calibre no se podía permitir semejante vergüenza por parte de uno de sus miembros. Que lo iba a multar económicamente y que también lo iba a dejar por fuera del equipo por unas fechas determinadas a su discreción. Algo así es tan necesario como utópico para esta sociedad que cree poco en la justicia. Ese sí hubiera sido un acto de reconciliación. Y tampoco hubiera estado mal que el propio Bedoya, haciendo valer su vergüenza, hubiera dicho que se alejaba de las canchas unas jornadas más allá de las que le fueran impuestas por las reglas, todo con el fin de enviar un mensaje real de arrepentimiento. Nada de eso sucedió y lo peor es que ni siquiera la idea pasó por la cabeza de los dirigentes o por las de aquellos que componen eso que llaman el mundo del fútbol. A pesar de la oportunidad de una lección memorable, nos tendremos que conformar, una vez más, con disculpas. Disculpas y más disculpas y castigos efímeros, que no corrigen ni envían una sentencia irrefutable. Algo así como que las sanciones también se pueden cumplir a voluntad. Y que no hay necesidad de un policía o de un juez para la reprimenda social.  Somos de sentimientos avivados por la imagen, lejos estamos de entender los hechos que nos abaten. Seguir a @javieraborda

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