Marzo 6, 2015

Gabriel García Márquez: homenaje al Nobel y su amor por el Junior de Barranquilla

El tema de Junior de Barranquilla ha rondado algunas veces la obra de Gabriel García Márquez, ese emblema de Colombia y especialmente de nuestro Caribe, que cuando era periodista de El Heraldo en Barranquilla, por allá a finales de los 40 y comienzos de los 50, fue una víctima más de la fascinación que produjo El Dorado, ese momento maravilloso en la historia de nuestro fútbol en el que los mejores jugadores del planeta estuvieron en el campeonato colombiano, y que en el caso del Junior se une a un nombre legendario: Heleno da Freitas.

Gabo se dejó tentar y, como buen barranquillero por adopción, se enamoró del Junior gracias a una victoria 2-1 sobre el poderoso Millonarios de Di Stéfano, Pedernera y Rossi. Esta es la historia, contada por él mismo:


El juramento


Por: Gabriel García Márquez (publicado en El Heraldo el 5 de junio de 1950)

Y entonces resolví asistir al estadio.
Como era un encuentro más sonado que todos los anteriores, tuve que irme
temprano. Confieso que nunca en mi vida he llegado tan temprano a
ninguna parte y que de ninguna tampoco he salido tan agotado.

Alfonso y Germán no tomaron nunca la
iniciativa de convertirme a esa religión dominical del fútbol, con todo y
que ellos debieron sospechar que alguna vez me iba a convertir en ese
energúmeno, limpio de cualquier barniz que pueda ser considerado como el
último rastro de civilización, que fui ayer en las graderías del Municipal.

El primer instante de lucidez en que caí
en la cuenta de que estaba convertido en un hincha intempestivo, fue
cuando advertí que durante toda mi vida había tenido algo de que muchas
veces me había ufanado y que ayer me estorbaba de una manera
inaceptable: el sentido del ridículo.

Ahora me explico por qué esos caballeros
habitualmente tan almidonados, se sienten como un calamar en su tinta
cuando se colocan, con todas las de la ley, su gorrita a varios colores. Es que con ese solo gesto, quedan automáticamente convertidos en otras
personas, como si la gorrita no fuera sino el uniforme de una nueva
personalidad.

No sé si mi matrícula de hincha esté
todavía demasiado fresca para permitirme ciertas observaciones
personales acerca del partido de ayer, pero como ya hemos quedado de
acuerdo en que una de las condiciones esenciales del hinchaje es la
pérdida absoluta y aceptada del sentido del ridículo, voy a decir lo que
vi –o lo que creí ver ayer tarde– para darme el lujo de empezar bien
temprano a meter esas patas deportivas que bien guardadas me tenía.

En primer término, me pareció que el
Junior dominó a Millonarios desde el primer momento. Si la línea blanca
que divide la cancha en dos mitades significa algo, mi afirmación
anterior es cierta, puesto que muy pocas veces pudo estar la bola, en el
primer tiempo, dentro de la mitad correspondiente a la portería del
Junior. (¿Qué tal va mi debut como comentarista de fútbol?).

Por otra parte, si los jugadores
del Junior no hubieran sido ciertamente jugadores sino escritores, me
parece que el maestro Heleno habría sido un extraordinario autor de
novelas policíacas. Su sentido del cálculo, sus reposados movimientos de
investigador y finalmente sus desenlaces rápidos y sorpresivos le
otorgan suficientes méritos para ser el creador de un nuevo detective para la novelística de policía.

Haroldo, por su parte, habría sido una
especie de Marcelino Menéndez y Pelayo, con esa facilidad que tiene el
brasileño para estar en todas partes a la vez y en todas ellas
trabajando, atendiendo simultáneamente a once señores, como si de lo que
se tratara no fuera de colocar un gol sino de escribir todos los
mamotretos que don Marcelino escribiera.

Berascochea habría sido, ni más
ni menos, un autor fecundo, pero así hubiera escrito setecientos tomos,
todos ellos habrían sido acerca de la importancia de las cabezas de
alfiler.

Y qué gran crítico de artes habría sido
Dos Santos –que ayer se portó como cuatro– cortándole el paso a todos
los escribidorcillos que pretendieran llegar, así fuera con los mayores
esfuerzos, a la portería de la inmortalidad.

De Latour habría escrito versos.
Inspirados poemas de largometraje, cosa que no podría decirse de Ary.
Porque de Ary no puede decirse nada, ya que sus compañeros del Junior no
le dieron oportunidad de demostrar al menos sus más modestas
condiciones literarias.

Y esto por no entrar con los Millonarios, cuyo gran Di Stéfano, si de algo sabe, es de retórica.

No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago
–públicamente– a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo,
ahora, es convertir a alguien. Y creo que va a ser a mi distinguido
amigo, el doctor Adalberto Reyes, a quien voy a convidar a las graderías
del Municipal en el primer partido de la segunda vuelta, con el propósito de que no siga siendo –desde el punto de vista deportivo– la oveja descarriada.