Mayo 20, 2013

Gonzalo Rodríguez Gacha, 'El Mexicano': ese fantasma que pasó por Millonarios...

Los hinchas de Millonarios no deben olvidar el paso de Gonzalo Rodríguez Gacha por el club, pues recordar que uno de los mayores delincuentes y asesinos en la historia del país condujo los destinos del equipo entre 1982 y 1989 es una invitación permanente para que una de las hinchadas más grandes del país valore que eso no puede volver a suceder.

De ahí el bochorno generalizado y la propia actitud del club ante la bandera con la cara del que fue conocido como 'El Mexicano' en la tribuna sur del Campín el sábado pasado en el partido frente a Junior.

Por supuesto, no es la primera vez que este 'trapo' aparece en la barra Blue Rain. Según supo Gol Caracol, al interior de esta populosa tribuna hay un 'parche' formado en 'honor' a Gonzalo Rodríguez Gacha, que incluso utiliza la sigla GRG y que es el responsable de una expresión de solidaridad que atenta contra la honra de Millonarios y la memoria de miles de víctimas del 'Mexicano'.

Porque claro, no se puede desconocer que él estuvo ahí, pero celebrar su memoria es saber muy poco de lo que hizo el hombre que convirtió en una máquina asesina el paramilitarismo en Colombia. Por eso, para ellos, y en especial para todos los hinchas de Millonarios que tienen la frente en alto al saber que ese fantasma ya no está, les contamos la vida y horrores de Gonzalo Rodríguez Gacha en el azul:


La llegada de Gacha a Millonarios

A finales de los 70 unos empresarios salidos de la nada estaban dinamizando la economía colombiana a punta de grandes inversiones con dineros que nadie sabía bien cómo habían sido obtenidos. Algunos sabían que eran narcotraficantes y los miraban con recelo, pero para la gran mayoría del país estos nuevos ricos eran generosos benefactores que estaban construyendo, que generaban industria y que, además, estaban invirtiendo dinero, mucho dinero, en el fútbol.

Millonarios, el equipo más laureado del país, no la pasaba bien y estaba en una gran crisis deportiva y financiera al comenzar 1982.
Reflejó de lo primero era que, desde el título de 1978, el equipo no
participaba en ninguna final y, por el contrario, le había servido a
equipos como el Tolima para que este alcanzara el subcampeonato de 1981. Para enero de 1982 el chiste de moda era que Millonarios  era como Colsubsidio, todo por el lema de la cooperativa por esos días: "Nuestra
meta no es ganar sino servir".

Lo peor de todo es que, como lo registra un informe de la época, por cada peso que le
ingresaba al equipo se gastaba un peso y setenticinco centavos en el
mantenimiento de la nómina por lo que se necesitaba con urgencia una
capitalización. Y un hincha nacido en Pacho, que estaba realizando una reforma agraria agresiva en el Magdalena Medio (algunos decían que con hombres armados y entrenados en el exterior), apareció como salvador.

Se trataba de Gonzalo Rodríguez Gacha, un campesino que gracias al narcotráfico, las esmeraldas y a la
imposición violenta sobre sus enemigos se había convertido en uno de los
hombres más ricos del país y que, por su gusto por las rancheras, los
caballos y la cultura popular 'manita', fue conocido como 'El Mexicano'.

De esta forma la silla
que alguna vez había ocupado un caballero adusto y formal como Alfonso
Senior, que estuvo al frente del equipo hasta llevarlo a ganar la cifra récord de 11 campeonatos, pasó a ser de un tipo de camisa abierta hasta el ombligo, botas
texanas y sombrero vaquero con plumas de colores que invitaba a sus
amigos a su finca en Pacho a comer marrano muerto a balazos.

Millonarios, sin querer queriendo, le vendió el alma al diablo...


'El Mexicano' y su sombra negra sobre el azul

Los nuevos ricos habían empezado a pelar el cobre desde finales del 81. Bajo la égida de Pablo Escobar, Gacha, el clan Ochoa y la familia Rodríguez Orejuela, le habían declarado la guerra a la guerrilla creando grupos armados que los defendieran de posibles secuestros y, además, les ayudaran en sus planes de apropiación de tierras.

Lo increíble es que lo hacían públicamente y nadie, ni siquiera el gobierno, hacía algo. El 17 de enero de 1982 cuando Carlos Lehder, a quien todos en Quindío respetaban por sus aportes en inversión social y desarrollo de la construcción, publicó en los diarios nacionales un anuncio firmado como "secuestrable" y en el que decía que "Lo lamentable de Mano Negra y del MAS es que no figuran en la páginas amarillas", sólo algunos se atrevieron a criticar. El resto del país estaba entre fascinado y aterrorizado con estos nuevos 'líderes' de opinión que incluso habían llegado al congreso con Pablo Escobar como gran benefactor de los pobres de Medellín.

Por eso en el gobierno de Belisario Betancur se decidió buscar el punto de quiebre de los narcotraficantes y, curiosamente, el Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla encontró que la forma de atacarlos estaba en el fútbol, la pasión de casi todos y el único negocio en el que no manejaban bien sus cuentas.

El 21 octubre de 1983 Lara Bonilla en rueda de prensa le dijo a todos los medios nacionales e internacionales que "Los equipos de fútbol profesional en poder de personas vinculadas al narcotráfico son Atlético Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín, América y Deportivo Pereira".

El azul, el que fuera considerado el mejor equipo del mundo en los 50, el club colombiano de mayor respeto en el exterior, de pronto aparecía en una lista negra gracias a que el que pagaba la nómina era el jefe militar del narcotráfico en Colombia.

El 24 de octubre, dos días después de las declaraciones de Lara Bonilla, Guillermo Cano escribió un editorial en El Espectador llamado 'El Gol de la mafia' en el que advertía sobre el narcotráfico en el fútbol diciendo que "Esta es otra actividad que estos traficantes quieren dominar alegando posiblemente que sólo tratan de hacer la felicidad de los espectadores, tan entusiasmados por este deporte. Como lo gritan el cínico propietario de discotecas en Pacho o los deslenguados "benefactores" que en Antioquia y el Quindío intentan ganar el favor político con obras de acción comunal, obviamente halagadoras para los desposeídos que con miopía comprensible nada ven del sucio soborno que en esta forma se les propone".

Y así fue. América, Millonarios, Pereira, Nacional, Medellín, Santa Fe y Unión Magdalena encabezaban una liga llena de estrellas, con mucho fútbol para ofrecer y en la que sólo Cali y Junior podían decir con certeza que no tenían detrás un narcotraficante.

Sin embargo, este ambiente futbolero que vivía el país no le importó al Ministro de Justicia Lara Bonilla que buscaba a cualquier precio desmantelar y encarcelar a los miembros de los llamados por EE.UU. "carteles de la droga".

Al finalizar 1983 Pablo Escobar fue expulsado del Congreso de la República y la Superintendencia de Sociedades empezó a exigir los libros de contabilidad de los clubes de fútbol para investigar posibles fraudes y lavado de dólares. Gonzalo Rodríguez Gacha desaparece entonces de los registros de accionistas de Millonarios y todas sus acciones pasan a manos de testaferros y familiares.

La guerra del narcotráfico y el fútbol

El 30 de abril de 1984 Rodrigo Lara Bonilla es asesinado por unos sicarios que lo abalean en su vehículo. Los narcotraficantes le demostraron al Estado todo su poder de terror puesto en práctica desde hacía un par de años con el reclutamiento de pandillas de sicarios por parte de Escobar, y el adiestramiento de paramilitares, que comenzó con el MAS y continuó individualmente Rodríguez Gacha.

El presidente Betancur se vio abocado a ejercer su autoridad ordenando arrestos y condenando a los primeros colombiano a ser extraditados a EE.UU. por narcotráfico y lavado de dólares.

El primer extraditado en la historia de Colombia fue Hernán Botero, presidente del Atlético Nacional, y, en un polémico acto de protesta por esta decisión del gobierno la Dimayor ordenó suspender la fecha profesional del 15 de noviembre de ese año.

La guerra llegó al fútbol, pero el espectáculo en las canchas era tan bueno que pocos se percataban con lo que sus 'benefactores' hacían. Gacha, por ejemplo, hizo una especie de reforma agraria en el Magdalena Medio, en la que él era el dueño de casi todas las tierras y las distribuía a su parecer entre sus amigos y beneficiarios.

Esto lo llevaría a declararle la guerra a la FARC y a ser el gran patrocinador de las autodefensas del Magdalena Medio y del grupo paramilitar de Fidel Castaño que, con los años, se convertiría en las AUC, de su hermano Carlos.

Esta guerra llevaría a la eliminación sistemática de los partidarios y candidatos de la Unión Patriótica, UP, brazo político de las FARC creado en las negociaciones de esta guerrilla con el gobierno Betancur, lo que ayudó en el fracaso de las negociaciones con este grupo guerrillero que adujo falta de garantías para entregar las armas.

Pero además la guerra se empezó a ver en el fútbol. La final del campeonato de 1988 fue bochornosa. A los rumores sobre compra de árbitros y a las declaraciones de algunos jugadores como Nolberto Molina del Nacional que al finalizar un partido le dijo a la prensa irritado: "Tenemos conocimiento de que quieren sacar a Millonarios campeón porque cumple años o yo no se por qué", se le sumó el secuestro del árbitro Armando Pérez que fue liberado antes de las finales con un mensaje a los árbitros: si pitaban con parcialidad serían "borrados".

Estos hechos enrarecieron el ambiente y obligaron al gobierno, que estaba sumido en una crisis institucional por la fuerza violenta de los extraditables desde que en enero estos habían asesinado al Procurador General Carlos Mauro Hoyos, a intervenir el cuadrangular final y controlar a los árbitros de estos partidos.

El gobierno también le exigió a Supersociedades que retomara la investigación en los clubes que años atrás había ordenado el asesinado Ministro Lara Bonilla. Esta, que resultó superficial, demostró extrañamente que Gonzalo Rodríguez Gacha no tenía nada que ver con Millonarios, aunque todo el mundo supiera que el equipo iba los sábados a su hacienda en Pacho a jugar partidos amistosos para el capo, que el dueño de Santa Fe, Phanor Arizabaleta, tenía todo en orden a pesar de que el equipo tuviera un déficit de $800 millones, y que Miguel Rodríguez Orejuela era el dueño de sólo el 9% del América, aunque todos supieran que pagaba los premios de su bolsillo.

Por las investigaciones, el campeonato de 1989 sólo pudo arrancar hasta el 5 de marzo, dos días después del atentado de los extraditables en el que murió el secretario de la UP José Antequera y quedó gravemente herido el entonces senador Ernesto Samper Pizano.

Mientras toso esto pasaba, los grupos de autodefensa formados por el narcotráfico y los esmeralderos se fortalecían en Urabá y el Magdalena Medio con el beneplácito, y algunas veces el apoyo, del gobierno y, especialmente, de la Fuerzas Armadas que veían en estos paramilitares un apoyo en su lucha contra la insurgencia.

Las masacres se multiplicaron desde 1988 y los jueces que las investigaban terminaban asesinados o corrompidos por el dinero del Cartel de Medellín y, mientras por primera vez en la historia un equipo colombiano ganaba la Copa Libertadores de América al imponerse Atlético Nacional a Olimpia de Paraguay el 31 de mayo en El Campín, Luis Carlos Galán, el líder del Nuevo Liberalismo que había encabezado la lucha contra la vida social del narcotráfico que llevó a la muerte a su amigo Rodrigo Lara Bonilla, se postulaba como el favorito en la encuestas para ser electo presidente de la República en las elecciones de ese año.


Gacha y el asesinato de Galán

El discurso de Galán, totalmente inquisidor en contra de los capos y el narcotráfico, le pareció preocupante a los extraditables que, en su búsqueda de legitimidad, estatus político y fin de la extradición ya habían cometido varios magnicidios como los de Lara Bonilla, Cano, Hoyos y el candidato presidencial de la UP Jaime Pardo Leal, y habían generado un estado de violencia en el país que en 1988 dejaba 2.523 muertos sólo en Medellín por la guerra entre carteles y las disputas de las pandillas de sicarios.

El gobierno de Virgilio Barco decidió ejercer mayor presión sobre los extraditables y formó las Fuerzas Elite de la Policía y Ejército para combatir a Pablo Escobar y sus hombres. El Cartel de Medellín, que vio caer a varios de sus jóvenes sicarios en redadas de este grupo especial, decidió entonces declarar guerra total al Estado.

La cronología de crímenes perpetrados por Escobar y Gacha entre julio y agosto de 1989 aún da escalofríos: el 4 de julio fue asesinado el gobernador de Antioquia Antonio Roldán Betancur, responsable ejecutivo de las acciones del grupo elite. El 18 de agosto en la mañana murió abaleado el Comandante de la Policía en Antioquia, Waldemar Franklin Quintero, quien un par de días antes había frustrado un atentado en Medellín en contra del candidato liberal Luis Carlos Galán.

Este fue informado de la lamentable noticia pero, aún así, decidió hacer una manifestación política que tenía programada en la plaza del municipio de Soacha esa noche.

Una ráfaga de disparos acabó con su vida cuando se encontraba en el estrado público, y con él, muchos dicen que murió el futuro de Colombia...

La guerra total fue declarada oficialmente por los extraditables en un comunicado del 23 de agosto y las acciones del narcoterrorismo no demoraron en empezar, así como las acciones de represión del Estado amparado en los allanamientos y el estado de sitio.

El 25 de agosto el presidente norteamericano George Bush le habla al país en directo por televisión, en un hecho insólito, y le da el apoyo de EE.UU. a Colombia en su guerra contra el narcotráfico con 65 millones de dólares para la lucha.

El 2 de septiembre un carro bomba destruye las instalaciones del diario El Espectador, una semana después, el 11 de septiembre, es asesinado el ex alcalde de Medellín Pablo Peláez, y pasado casi un mes el periódico bumangués Vanguardia Liberal corre la misma suerte del diario capitalino.

En noviembre muere asesinado el periodista Jorge Enrique Pulido y el 27 de ese mes explota un avión de Avianca con ruta Bogotá - Cali dejando 111 muertos. Una semana después un bus bomba destruye las instalaciones del DAS en Bogotá dejando 65 muertos y más de 600 heridos.

A mediados de ese mes, mientras el país veía cómo explotaban bombas, aviones, buses y la gente en Medellín tenía miedo de salir de su casa, uno de tantos muertos que fue encontrado en las calles de la capital de Antioquia era el árbitro Alvaro Ortega, que acababa de dirigir un partido del octogonal semifinal entre el DIM y América.

Lo mataron por "vendido". Unos traquetos lo culparon de la derrota del DIM y de la pérdida de una fuerte suma de dinero que habían apostado, y lo abalearon en la calle.

El campeonato así se volvía insostenible. Los árbitros renunciaron y, el recién nombrado presidente de la Dimayor, Alex Gorayeb, se vio obligado a cancelar el campeonato.

La respuesta del gobierno a esta ola de violencia de los narcotraficantes fue la muerte de Gonzalo Rodríguez Gacha, 'El mexicano', el 15 de diciembre en lo que fue el más duro golpe de esta ofensiva contra los extraditables al dar de baja a su jefe militar.

Ese día fue el comienzo del fin del Cartel de Medellín, pero también el inicio de una maldición para Millonarios que, casi que pagando por haberle vendido su alma al diablo, entró en un proceso de autodestrucción administrativa que lo dejó sin títulos, lejos de la gloria que siempre lo había acompañado y del que sólo se vino a salvar con la democratización del 2011 que llevó a la corona de la Copa Colombia y a la tan anhelada estrella 14.

Por eso, más que una vergüenza, que algunos hinchas de Millonarios recuerden con gloria y banderas a Gacha es casi una afrenta, no sólo al país que lo padeció y a la víctimas que dejó, sino a la institución que casi destruye por querer poder y respeto en ese ya lejano 1982.