Febrero 13, 2014

América y la Lista Clinton: una historia de infierno y purgatorio

Hoy es fácil negarlo, pero a finales de los 70 la economía nacional
empezó a girar alrededor de nuevos ricos que, en medio de rumores y sin
que nadie en verdad los señalara, eran narcotraficantes.

Estos personajes fueron vistos con complacencia pues, ante la crisis
económica de la administración López Michelsen, con un estancamiento de
la agricultura, un descenso en la construcción, la transformación del
país de exportador a importador de petróleo, los altos índices de
desempleo, la inflación y los paros que se sucedían unos a otros, estos
personajes eran los únicos con la capacidad económica de generar empleo e
inversiones.

Sin embargo, la tradicional elite colombiana no los recibía con agrado
en su círculo social pues, a fin de cuentas, a pesar de tener mucho
dinero los nuevos ricos, o "mágicos" como se les empezó a llamar,
provenían de clases humildes y, en el mejor de los casos, de una clase
media con apenas intento de estudios universitarios.

Así que, a pesar de crear y comprar empresas y propiedades que los
distinguieran como una clase empresarial e inversionista, y que sobre
todo ocultaran sus actividades ilícitas y justificaran sus fortunas, los
nuevos ricos necesitaron un medio de unirse e integrarse a la elite y
la solución para esto fue el fútbol, que tradicionalmente controlaban
las grandes familias de cada región.

Al finalizar los 70 y empezar los 80 los equipos grandes del país
enteraron en crisis como toda la economía nacional y, en medio de esa
búsqueda de fondos, aparecieron los "mágicos" que, en su búsqueda de
aceptación y apoyo social, se convirtieron en los redentores económicos
del fútbol colombiano.

Ese fue el punto de entrada de los hermanos Rodríguez Orejuela al
América de Cali y el comienzo de una maldición que llevó al club a 13
títulos en Colombia y cuatro finales de Copa Libertadores, pero que casi
acaba con una institución que hoy está en la segunda categoría.

Los Rodríguez Orejuela y el fútbol

Está documentado que en 1977 Gilberto Rodríguez Orejuela, que junto a su
hermano Miguel y un amigo llamado José Santacruz Londoño había
establecido una sólida ruta de tráfico de cocaína hacia EE.UU. y ya era
respetado como gran empresario vallecaucano siendo propietario de
múltiples empresas como Drogas La Rebaja y el Grupo Radial Colombiano,
buscó comprar acciones del Deportivo Cali, el mejor equipo de los
últimos quince años, en cuya junta accionaria se podría codear con
muchos miembros de la sociedad caleña como algunos Carvajal y algunos
Lloreda.

La estructura organizativa de la Asociación Deportivo Cali, que impide
socios mayoritarios y establece más de doscientos abonados, impedía que
Rodríguez Orejuela controlara el club como era su intención y, además,
el presidente de la institución, Alex Gorayeb, se opuso desde un
comienzo a que un nuevo rico entrara a formar parte de los accionistas
del equipo.

La realidad era que todos en la tolerante sociedad colombiana sabían
quiénes eran esos nuevos ricos y de dónde salían sus fortunas, pero
Gorayeb, en una carta a la junta directiva del Deportivo Cali, les pidió
que no aceptaran la propuesta de Gilberto Rodríguez Orejuela de
capitalizar el club con aportes de su bolsillo y, de esta forma, el
equipo impidió el ingreso de los llamados "dineros calientes" a sus
arcas.

El América, sin embargo, no era tan fuerte institucionalmente...

Propiedad de la tradicional familia Sangiovanni, el club rojo era
inmensamente popular y era identificado como el equipo del pueblo
aunque, hasta la fecha, no había logrado un título. Por eso la tremenda
inversión de 1979, año en el que el club logró afanosamente su primera
estrella de la mano de Gabriel Ochoa Uribe.

Sin embargo, el gran gasto del primer título de los "diablos rojos" hizo
necesaria la presencia de nuevos accionistas y, de esta forma, el 4 de
enero de 1980 Miguel Rodríguez Orejuela pasó a ser el accionista
mayoritario y, prácticamente, el dueño del club y a compartir mesa
directiva con el prometedor político Manuel Francisco Becerra.

Comenzaba así la era de dominio del que luego sería el gran jefe del
Cartel de Cali sobre un equipo que pasó de ser un tradicional animador a
un constante protagonista del campeonato.

El América y el narcotráfico

Como se sabe, el América no fue el único club que tuvo vinculación con
narcotraficantes.
Gonzalo Rodríguez Gacha entró a Millonarios, Phanor
Arizabaleta a Santa Fe, el entonces presidente de Nacional Hernán Botero
Moreno fue el primer extraditado por conexión con el narcotráfico en
Colombia, Gustavo Dávila fue acusado de narcotráfico siendo el dueño del
Unión Magdalena, el mafioso Ignacio 'El Coronel' Aguirre fue dueño del
Tolima, Pablo Correa y Héctor Mesa se adueñaron del Medellín y ambos
fueron asesinados, así como Octavio Piedrahita, que fue cabeza de
Nacional y Pereira...

Aparte del ingreso como socio mayoritario de Miguel Rodríguez Orejuela,
que trajo una serie de contrataciones de lujo que no se veían en el
fútbol colombiano desde El Dorado y su fútbol pirata, el primer
episodio que dejó claro que había mafia tras el club sucedió el primero
de diciembre de 1981.

Ese día una avioneta sobrevoló el estadio Pascual Guerrero de Cali,
anunciando la creación del grupo Muerte A Secuestradores, MAS, mientras
se jugaba el primer partido del cuadrangular final del fútbol colombiano
entre América y Nacional.

El espectáculo fue increíble, y no por el juego: los espectadores vieron
cómo del cielo caían papeles con un comunicado que decía que 223 capos
aportaron 9 millones de dólares y 2000 hombres armados para combatir el
secuestro y que "van a ejecutarse tanto los delincuentes comunes como
los grupos guerrilleros... De no ser localizados los autores directos
recaerá la acción sobre sus compañeros en la cárcel y sobre sus
familiares más cercanos".

Era una retaliación de los nuevos ricos contra la guerrilla por el
secuestro de la hermana menor del clan Ochoa y el comienzo oficial del
paramilitarismo en Colombia.

Sin embargo, en el plano futbolístico, también se veía la presencia de
los Rodríguez Orejuela. El América de Cali llegó a tener una nómina de
150 jugadores, algo absurdo para el fútbol colombiano pues ni siquiera
los equipos más poderosos del mundo de la época, Real Madrid e Inter de
Milán, tenían más de 50 jugadores a su cargo.

Todo explotó el 21 octubre de 1983 cuando el entonces Ministro de
Defensa Rodrigo Lara Bonilla, en rueda de prensa le dijo a todos los
medios nacionales e internacionales que "Los equipos de fútbol
profesional en poder de personas vinculadas al narcotráfico son Atlético
Nacional, Millonarios, Santa Fe, Deportivo Independiente Medellín,
América y Deportivo Pereira". Fue el primer paso de la guerra del Estado
contra el narcotráfico y la sentencia de muerte de Lara Bonilla, quien
sería asesinado el 30 de abril de 1984.

La Dimayor, en cuyo consejo directivo se encontraban Juan José Bellini,
la mano derecha de Miguel Rodríguez en el América, Eduardo Dávila
Armenta, Hernán Botero y Octavio Piedrahita, negó la vinculación de
estos clubes con dineros ilícitos y desconoció las acusaciones del
Ministro.

El diario El Espectador asumió la fiscalización de las actuaciones de
los narcotraficantes y había empezado a denunciar desde hacía un tiempo
atrás la podredumbre de la sociedad colombiana por su tolerancia con la
mafia. El 24 de octubre, dos días después de las declaraciones de Lara
Bonilla, Guillermo Cano escribió un editorial llamado El Gol de la mafia en el que advertía sobre el narcotráfico en el fútbol diciendo:

"Esta es otra actividad que estos traficantes quieren dominar
alegando posiblemente que sólo tratan de hacer la felicidad de los
espectadores, tan entusiasmados por este deporte. Como lo gritan el
cínico propietario de discotecas en Pacho o los deslenguados
"benefactores" que en Antioquia y el Quindío intentan ganar el favor
político con obras de acción comunal, obviamente halagadoras para los
desposeídos que con miopía comprensible nada ven del sucio soborno que
en esta forma se les propone".

Lamentablemente el público, y especialmente los seguidores del América,
aceptaron este soborno pues el equipo que sólo diez años atrás peleaba
la cola del torneo se volvía a imponer en 1983 como lo había hecho el
año anterior, y exhibía en las canchas del país una constelación de
estrellas suramericanas que era imparable. Fue un segundo Dorado pero
esta vez auspiciado por el narcotráfico.

Jugaron en el América, que terminaría campeón también en 1984, 1985 y
1986, el arquero Julio César Falcioni que era tan bueno que fue
nacionalizado para volverlo el arquero de la Selección Colombia, los
mundialistas peruanos César Cueto y Guillermo la Rosa, los seleccionados
paraguayos Juan Manuel Bataglia y Gerardo González Aquino, los
argentinos Roque Raúl Alfaro y Ricardo Gareca, y el mejor jugador
colombiano de los 70 y los 80, Willington Ortiz.

El equipo de los Rodríguez Orejuela parecía una selección de estrellas
de América, y en Cali se murmuró incluso que traerían para mediados del
84 a un excelente jugador argentino que no la estaba pasando muy bien en
el Barcelona de España y respondía al nombre de Diego Armando Maradona.

El partido de los medios

El fútbol de los 80 en Colombia fue espectacular. Los dineros del
narcotráfico nos colmaron de estrellas, los estadios se volvieron a
llenar y los medios y los equipos provecharon esta pasión y las
publicaciones sobre el campeonato se multiplicaron.

Los clubes grandes publicaron sus propias revistas, todas en papel fino y
gran calidad en los colores y la diagramación, en las que trabajaron
periodistas serios y reconocidos; y los periódicos, por su parte,
publicaban todos los lunes sus separatas deportivas.

De igual forma, el cubrimiento televisivo de los goles y hechos de cada
fecha por parte de los noticieros le robaba cada vez más espacio a las
otras noticias, y ya se volvía común que en día de partidos la mayor
parte del noticiero se la llevara el fútbol, algo curioso pues para la
época ya había empezado la Guerra de los Carteles entre Cali y Medellín.
Una guerra que, además, se vio en el fútbol entre América, Nacional,
Medellín y Millonarios.

Por eso Miguel Rodríguez Orejuela asumió personalmente la bonificación
de sus jugadores en los partidos clave y, como le dijo a la Revista
Cambio en 1998 un jugador de la época que prefirió no dar su nombre "con
él se pactaba el sueldo, las primas, los premios y a él acudíamos si
había deudas, necesidades o no nos habían pagado el salario".

En estos arreglos con "don Miguel" los jugadores solían encontrarse en
su casa con muchos políticos que iban a la casa del "patrón" a buscar
financiación para sus campañas. Entre estos estaba el recién electo
gobernador del Valle y antiguo miembro de la junta directiva Manuel
Francisco Becerra quien en 1987, como Ministro de Educación, negó
cualquier vinculación de los Rodríguez Orejuela con el narcotráfico y
con el club de sus amores.

El mismo anónimo jugador cuenta que los premios por ganarle a
Millonarios y Nacional, o por lograr una victoria en la Libertadores
eran muy buenos y "en promedio a cada uno le tocaba entre 500.000 y 10
millones de pesos" algo descomunal para un jugador si se considera que
una de las estrellas de equipo, Ricardo Gareca, tenía un contrato
mensual de 70.000 pesos y por viáticos ocasionales recibía 4 millones.

El fomento de Miguel Rodríguez Orejuela a sus jugadores llegó al extremo
de darle como premio a Roberto Cabañas un pent house en el edificio más
lujoso de la avenida Roosevelt de Cali por anotar el primer gol de la
final de 1986 que le daría al América el sexto título en ocho años.

Ahora bien, las continuas denuncias sobre compra y presión a los
árbitros que vivió el torneo colombiano en estos años y que eran
publicadas con preocupación por los principales diarios nacionales con
titulares como "Escándalo en el fútbol" y "Mafia en el fútbol", no
pueden demeritar del todo la labor deportiva de estos equipos, y no se
puede desconocer la labor de un gran técnico como Gabriel Ochoa Uribe
quien, como un trabajador incansable, planificaba cada partido y era un
maestro de la estrategia y del manejo de grupos.

Por esto es que es comprensible su actitud de rabia en las finales de
1986 cuando, al criticarle la prensa por el claro dominio de su equipo
en el campeonato mientras había equipos como el Nacional que practicaban
un juego más lírico, Ochoa furioso dijo una frase que pasaría a la
historia: "Cuando perdemos nos dicen malos y cuando ganamos, mafiosos".

La guerra en el fútbol

La Guerra de los Carteles metió al país en una sensación de caos y
terror nunca antes vista: entre 1987 y 1989 murieron cuatro candidatos
presidenciales, las cabezas de los policías tenían precios y los
asesinatos selectivos y las bombas aparecían a diario. El fútbol no se
libró de eso.

Ningún colegiado quería pitar los partidos de Millonarios, Nacional y
América en el campeonato de 1989 tras el riesgo que corrían si cometían
algún error.

A mediados de noviembre, mientras el país veía como explotaban, bombas,
aviones, buses y la gente en Medellín tenía miedo de salir de su casa,
uno de tantos muertos que fue encontrado en las calles de la capital de
Antioquia era el árbitro Alvaro Ortega que acababa de dirigir un partido
del octogonal semifinal entre el DIM y América. Lo mataron por
"vendido". Unos traquetos lo culparon de la derrota del DIM y de la
pérdida de una fuerte suma de dinero que habían apostado, y lo
abalearon.
El campeonato así se volvía insostenible. Los árbitros renunciaron y, el
recién nombrado presidente de la Dimayor, Alex Gorayeb, se vio obligado
a cancelar el torneo.

El fútbol se reactivó en 1990 bajo presiones del gobierno y en medio de
la crisis generalizada del narcoterrorismo en el país. América ganó
nuevamente con un equipo lleno de jugadores santafereños que Phanor
Arizabaleta le "prestaba" a Miguel Rodríguez desmantelando así a su
equipo. Entre los jugadores que pasaron de Santa Fe a América vale la
pena nombrar a Fredy Rincón, Wilmer Cabrera, Eduardo Niño y Sergio
"Checho" Angulo.

Atlético Nacional quedó segundo y la misma fórmula, pero invertida se
repetiría los años siguientes: Nacional ganó en el 91 y América en el 92
siendo respectivos subcampeones el uno del otro. Millonarios, tras la
muerte del 'Mexicano', no pudo volver a dar la pelea.

Con buena parte de los capos de los 80 muertos o en la cárcel, el fútbol
de los 90 cambió diametralmente ya que los clubes entraron en crisis,
lo que permitió que equipos que explotaron sus divisiones inferiores y
mantuvieron sus finanzas limpias explotarabn con grandes actuaciones y
títulos, como Junior y Cali.

Sin embargo, el América siguió brillando pues Miguel Rodríguez Orejuela
seguía allí, a la sombra e inclusodesde la cárcel, pero supresencia y
suchequera seguía sosteniendo a los diablos rojos como una potencia.
Todo cambiaría con el Proceso 8.000 y la Lista Clinton.

La maldición de la Lista Clinton

En 1994 Ernesto Samper Pizano llegó a la presidencia de la República.
Casi inmediatamente se le acusó de financiar su campaña con dineros del
Cartel de Cali y empezó un proceso histórico en la fiscalía al que
correspondió ser el número 8.000.

El Cartel de Cali había pasado agachado por toda la época del
narcoterrorismo a pesar de que las empresas y propiedades de sus
cabecillas fueran constantes objetivos de las bombas de Escobar. Su
forma de operar, mucho más prudente y menos evidente que la del Cartel
de Medellín, hizo que sólo hasta los 90 se le abriera una investigación a
los hermanos Rodríguez Orejuela en Colombia por narcotráfico, pues sus
relaciones con la vida política e industrial del país, además de su
claro apoyo en el desmantelamiento del Cartel de sus enemigos, les
habían asegurado una vida tranquila.

Sin embargo, sólo al explotar el escándalo del proceso 8.000 y al irse
encontrando documentos comprometedores la sociedad colombiana, que los
había aceptado con una tolerancia increíble, enfrentó el nivel de
permeabilidad que había tenido con los miembros del Cartel de Cali.

El gobierno Samper, presionado por la oposición que lo quería tumbar y
por los EE.UU., empezó la persecución sobre los cabecillas del grupo de
Cali y el país vio cómo en agosto de 1995 caían los Rodríguez Orejuela y
posteriormente sus socios José Santacruz y Phanor Arizabaleta.

En las indagatorias y en la interceptación de cuentas bancarias y
documentos contables las autoridades descubrieron todos los datos que he
dado en este capítulo sobre el manejo de dineros calientes en el
América de Cali pero ya la mayoría de las acciones de Miguel Rodríguez y
Santacruz Londoño, quien también resultó ser socio del club, estaban
distribuidas entre testaferros y familiares.

Por testaferrato se acusó en 1996 al presidente del Santa Fe, César
Villegas, quien, según la justicia, manejaba las acciones de Phanor
Arizabaleta en el club capitalino por lo que debió prestar varios meses
de cárcel.

La lista de gente del fútbol vinculada al proceso 8.000 pronto creció y
las indagatorias a futbolistas y cuerpo técnico del América entre 1982 y
1995 se volvieron pan de cada día.

Fueron llamados a rendir declaratoria los técnicos Gabriel Ochoa Uribe y
Francisco Maturana, campeón con el equipo en 1992, y los dos pudieron
demostrar y justificar sus ingresos en cuanto a premios y
bonificaciones.

Otra suerte corrió el ex jugador y asistente técnico Pedro Sarmiento que
terminó en la cárcel junto a Juan José Bellini, miembro de la junta
directiva del club y presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, y
Manuel Francisco Becerra, socio del equipo y ex gobernador del Valle
que, cuando fue Ministro de Educación durante las investigaciones que
realizó el gobierno Barco al fútbol colombiano, defendió la presencia de
Miguel Rodríguez en la junta del América aduciendo que contra él nada
se tenía en contra en el país.

A Sarmiento, que fue un buen jugador en su época, se le encontraron en
su cuenta cheques girados por "don Miguel" por un total de $1.356
millones que no pudo justificar como premios pues en sus siete años con
el equipo era imposible que un jugador recibiera tantas bonificaciones.

Pero los implicados no fueron sólo jugadores y directivos, varios
periodistas deportivos que trabajaron en el Grupo Radial Colombiano,
perteneciente a los Rodríguez Orejuela, el cual cubría de gran forma el
torneo colombiano a mediados de los 80, fueron inculpados de
testaferrato y de esta forma terminaron en la cárcel populares
comentaristas y narradores como Mario Alfonso Escobar, más conocido como
el famoso Doctor Mao, Esteban Jaramillo, quien hizo historia con la
"Cabalgata deportiva Gillette", Vicente Blanco y Rafael Araujo Gámez.

El país se vio enfrentado a la satanización de lo que por diez años casi
todos habían aceptado o ignorado y muchos políticos reconocidos, salvo
el presidente de la República, terminaron en la cárcel, así como Jairo
Varela, director del grupo Niche la orquesta de salsa más famosa del
país, quien le había hecho un acróstico a José Santacruz Londoño en una
popular canción, y varios economistas acusados de testaferrato.

La satanización llegó a extremos como el minuto de silencio que se le
rindió en el Pascual Guerrero como homenaje póstumo a la madre de los
Rodríguez Orejuela antes del inicio del partido final de 1997 entre
América y Bucaramanga.

Amparo Rodríguez Orejuela, hermana de Miguel y Gilberto, seguía siendo
socia del club y el fallecimiento de su madre, por respeto con una
miembro de la junta directiva, debía ser respetado por el equipo. Los
medios radiales y televisivos, que siempre acostumbran mencionar en
honor de quien se hace el minuto de silencio, no dijeron nada esta vez y
los oyentes quedaron con la duda de por quien estaban hincados los
jugadores del América en profundo silencio.

El periodista Iván Mejía Alvarez, en declaraciones dadas al diario El
Tiempo al día siguiente, criticó la actitud de los medios diciendo que
"Basta ya de eso. Los señores Rodríguez Orejuela son seres humanos.
Ellos ya están pagando su pena".

Y es que es imposible que jugadores que fueron tan bien pagados por
cumplir como profesionales su trabajo, no respeten a quienes les
respondieron sagradamente con sus quincenas y contratos por tantos años.
El mejor ejemplo de esto lo dio Anthony "Pipa" de Avila, jugador
samario que en Colombia sólo jugó con la camiseta del América haciéndolo
por más de doce años.

El Pipa, jugador varias veces de Selección Colombia y goleador de su
equipo, anotó el gol de la victoria del combinado nacional en las
eliminatorias para el mundial del 98 sobre Ecuador. Ese gol significó la
salida de una mala racha del equipo y el acercamiento a la
clasificación de Colombia al Mundial de Francia, y el jugador, en medio
de su emoción y acosado por los periodistas, le dijo a todo el país que
esa anotación se la dedicaba a dos personas que estaban privadas de la
libertad, a dos personas que habían hecho mucho por él, a dos personas
de las que no quería decir sus nombres pero que, ante el acoso de los
medios, finalmente dijo: Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela.

Sin embargo, el que no perdonó fue el gobierno de Estados Unidos. En
1995 la Oficina de Control de Bienes Extranjeros del Departamento del
Tesoro de ese país (OFAC, en inglés) creo la Specially Designated Narcotics Traffickers,
mejor conocida como Lista Clinton, en la que aparecen los nombres de
las personas y empresas vinculadas con el narcotráfico. Por supuesto, el
nombre del América estaba allí.

La Lista Clinton prohibe a las empresas manejar cuentas bancarias y es
un veto internacional para realizar negocios, pues todo aquel que tenga
tratos con las personas o empresas allí presentes será vinculada. Es una
condena a muerte financiera que obliga a los afectados a limpiarse a
las buenas o a las malas de la sombra del narcotráfico.

Lo curioso es que a pesar de estar en la Lista Clinton desde el
principio, el América siguió ganando títulos, vendiendo jugadores e
incluso llegó a las 13 estrellas en 2008. Para esa época, sin embargo,
la situación económica del club era otra.

Imposibilitado para tener patrocinadores y con la única presencia del
heredero de Miguel Rodríguez Orejuela, a quien su padre desde la cárcel
le ordenó que liberara el club, América tampoco tenía el músculo
financiero del Cartel para poder sobrevivir y tras su estrella 13 empezó
a decaer.

Nóminas muy jóvenes y con jugadores de poco nombre surtieron su efecto, y
el América terminó yéndose a segunda división para el 2012, lo que
resultó la mejor salida financiera para un equipo destinado a
desaparecer.

Sin embargo, un integrante de la última familia dueña del club antes del
Cartel, Orestes Sangiovanni, asumió la presidencia e inició una
transformación administrativa.

Hoy el América está limpio y así se lo demostró a la OFAC. Por eso el 3
de abril de 2013 es una fecha que pasará a la historia como aquel 19 de
diciembre de 1979 cuando logró su primer campeonato, porque a partir de ahí el
Diablo comienza una nueva historia, un nuevo camino que será mucho más
brillante que el que tuvo en los últimos 33 años, porque simple y sencillamente podrá mirar de
frente y decir que salió del infierno.

Fuentes:

Betancur, Darío. Los cinco focos de la mafia colombiana (1968-1988) en Revista Folios. Bogotá. Junio de 1991

Betancur, Darío y García, Martha. Contrabandistas, marimberos y mafiosos. Tercer Mundo editores. Bogotá. 1994

Castillo, Fabio. La Coca Nostra. Editorial Documentos periodísticos. Bogotá. 1991

Jiménez, Germán. Narcogoles en Revista Cambio. No 283. Bogotá. Noviembre 16 de 1998.

Pardo, Rafael. Narcoterrorismo en Auge en De primera mano. Norma. Bogotá. 1996

Rodríguez, Juan Ignacio. Los amos del juego. Periódicos y revistas Ltda. Bogotá. 1989.

Salazar, Alonso y Jaramillo, Ana María. Las subculturas del narcotráfico. Cinep. Bogotá. 1996

Ediciones de El Espectador, El Tiempo, El Mundo, El Colombiano, Semana y Revista Cambio.