Julio 28, 2016

Las 23 horas más emocionantes que me ha dado el fútbol: una final de Copa Libertadores

Atlético Nacional venció 0-2 a Sao Paulo en el estadio Morumbí, para el partido de ida de las semifinales de la Copa Libertadores, el seis de julio y de inmediato mi mente relacionó a los ‘verdolagas' como finalistas. Conociendo que Nacional cerraría todas las llaves de local, mi deseo fue estar en el Atanasio Girardot para ver el partido más importante de la competición más grande del continente.

Después del partido de vuelta contra Sao Paulo y la confirmación de la clasificación de Nacional a la gran final, no había dudas. La opción era solo una, mover cielo y tierra para estar el 27 de julio dentro del Atanasio Girardot para ver y vivir una final de Copa Libertadores.

Y así fue. El mismo miércoles 27 de julio la alarma sonó a las cuatro de la mañana. Tras una rápida preparación, alisté las pocas cosas que debía llevar para el viaje de un día y me vestí con un polo verde, en honor al local.

Desde el aeropuerto en Bogotá, todo olía a fútbol, a final, a Atlético Nacional. Durante el tiempo que estuve en la sala de espera, alcancé a contar alrededor de 30 personas que llevaban por lo menos una prenda de vestir relacionada con Atlético Nacional. En mi vuelo, por lo menos 20 orgullosos hinchas, portaban gorras, camisetas, chaquetas, incluso uno hasta la maleta del equipo ‘verdolaga'.

A las 6:53 de la mañana el avión despegó y junto a él los sueños y ansiedad de un montón de corazones que viajaban por la misma razón, estar esa misma noche en el Atanasio Girardot y ser una de las más de 44.000 almas privilegiadas.

Tras un viaje que no alcancé a sentir, dormí desde el momento de despegue hasta pocos instantes antes del aterrizaje, me encontraba en la vía Rionegro - Medellín y una vez en la ciudad de la ‘eterna primavera' la misión fue llegar a la Sede Administrativa de Atlético Nacional para reclamar la anhelada acreditación que me aseguraría un puesto dentro del estadio. La posición y la tribuna no me importaban, lo importante era entrar.

Para alguien que realmente se emociona con el fútbol, los colores son simplemente distintivos de pasiones. O por lo menos esto me he dicho toda la vida y es por eso que cada vez que tengo la oportunidad de observar un partido importante, lo hago, así no sea hincha o seguidor de ninguno de ellos.

Al tener la distinción que me permitía el ingreso al estadio como periodista para cubrir el partido más importante del año, a nivel de clubes en Sudamérica, tenía el tiempo necesario para ir a la casa de un amigo del fútbol, quien amablemente me hospedaría durante las 34 horas de mi permanencia en la capital del departamento de Antioquia.

Tras un par de cervezas, charlas, análisis y un buen plato de frijoles, arroz y carne molida, ya era hora para partir rumbo a la Unidad Deportiva Atanasio Girardot. Mi deseo y el de los demás fue caminar hacia allá y así empezar a palpitar los ritmos de la ciudad, la gente que estaba en el mismo plan y por su puesto movilizarse en una polis siempre amable con sus visitantes y con un clima cálido e ideal.

Buses, taxis, carros particulares, todos vestidos de Nacional, con banderas y un mismo mensaje, ‘sueño continental'. Desde el 2011 cuando Santiago Escobar asumió la dirección técnica de Nacional, el objetivo principal ha sido siempre la Copa Libertadores. Es por esto que me atrevo a decir, sin temor a equivocarme, que se trata del equipo más grande de Colombia. Mientras otros sueñan y luchan con el título local, ellos piensan a nivel continental, sin descuidar los campeonatos criollos.

Y al llegar al Atanasio Girardot uno se da cuenta de la grandeza de Nacional y su hinchada. Mientras en las demás ciudades de Colombia nos peleamos quién se cola en la fila y quién no, allá la cosa es organizada y todos sonríen al evidenciar a otro ‘colega', que lleva el corazón en la mano por sentir tan cerca algo que se viene gestando durante cinco años.

Con la tribuna oriental en el 80% de su capacidad total, sobre las cuatro de la tarde, es decir tres horas y 45 minutos antes del juego, uno ya sabía que lo de aquella noche, sería histórico, majestuoso y meritorio a la ocasión. Una hora antes del partido el Atanasio Girardot contaba con 44 mil espectadores, entre los cuales había unos 100 o 200 ecuatorianos, defendiendo a Independiente del Valle desde la tribuna occidental.

En lo deportivo solo voy a decir tres cosas: Independiente del Valle es justo subcampeón del torneo, tras un campañón que deja enseñanzas para todos los equipos del continente; Atlético Nacional es el mejor equipo de Sudamérica en este momento; y Miguel Borja es un hombre destinado a hacer historia, como lo fue Jefferson Duque, ambos siempre anotando en los partidos importantes y el actual delantero ‘verdolaga' cuenta con cinco goles en cuatro juegos. ¡Una barbaridad!

Volviendo al sentimiento, tengo que aclarar y confesar que no soy hincha de Atlético Nacional, pero vi los 90 minutos de pie, con la piel de gallina y sufriendo a la par con los ‘verdolagas' cada vez que se desperdiciaba una opción de gol o cuando los ecuatorianos se acercaban al empate. Esto solo lo produce y lo transmite la pasión y el calor de una hinchada que su único deseo es ayudar al equipo cumplir sus objetivos.

"Vamos todos juntos, la hinchada y los jugadores. A ganar de nuevo la Copa Libertadores. Soy del verde porque el verde es alegría. El más grande de Colombia, verdolaga de mi vida".

No fue otra cosa que esto. En todo el partido no se escuchó un solo comentario negativo sobre cualquier acción errónea de los jugadores ‘verdolagas'. Por lo menos no en la tribuna oriental baja, en el sector que tuve el privilegio de ver de cerca un equipo colombiano levantar la Copa Libertadores. Solo ha sucedido en tres ocasiones y estuve presente en una. ¡Monumental!

La imagen más valiosa que me llevo de Medellín, el Atanasio Girardot y la final de la Copa Libertadores, es que vi centenares de padres junto a sus hijos rompiendo en lágrimas al final del partido. Las dos generaciones presentes. La primera, que celebró cuando era joven en 1989 y la segunda, que le contaron sobre René Higuita, pero que conoció a Franco Armani, el argentino que se vistió de verde para convertirse en ídolo. Esto es el fútbol en su máximo esplendor y los jóvenes de esta segunda generación ahora tienen un solo deseo, llevar a sus hijos al estadio y celebrar de esta misma forma un tercer campeonato continental de Atlético Nacional.

Sobra decir, que sin querer queriendo terminé bañado en harina y espuma y completé 23 horas de pie, ya que sobre las tres de la mañana del siguiente amanecer caí rendido. Gracias a los responsables por permitirme este viaje y esta experiencia inolvidable. Gracias a Atlético Nacional y la hinchada ‘verdolaga' por hacerme sentir parte de esta fiesta y celebración. Gracias a Diego, Karem, José Daniel, Julián, Andrés, Pedro, Andrés Luis y Andrés, por introducirme a esta fiesta y compartir conmigo sus pensamientos, emociones y amistad futbolera.


¡Felicitaciones Atlético Nacional de Medellín, campeón de la Copa Libertadores 2016!