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Noviembre 18, 2013

El fútbol del odio, ¿el país del odio?

Seis balines del tamaño de bolas de billar, seis armas que perfectamente pueden ser mortales porque, tal vez no lo saben los hampones que con camisetas de Nacional se los lanzaron al bus de Millonarios (en el que no sólo iban los jugadores y el cuerpo técnico sino la hija de Ganiza Ortiz), pero eso era lo que disparaban los cañones hace dos siglos. Claro, la fuerza de un brazo no es la misma de la pólvora, pero una bola de acero lanzada causa daños y los vidrios del vehículo destruidos lo demuestran. La agresión fue antes de la final, cuando el equipo se dirigía al estadio Atanasio Girardot y, afortunadamente, no dejó heridos, pero sí secuelas.

Porque eso es lo peor de la violencia: que genera más violencia. Y lo que está pasando con el fútbol entre Bogotá y Medellín es una cadena de hechos violentos, de vendettas, de odio que se nos está saliendo de las manos a todos. Porque incluso se dio el absurdo de "justificar" la agresión al bus azul con los muertos verdes en Bogotá en meses pasados, que a su vez se "justificaron" con las agresiones a las barras azules en Medellín en el pasado, que a su vez se "justificaron" con el maltrato que le dan en Bogotá a los antioqueños, que a su vez...

Y ojo, no es sólo del fútbol. En los 50, cuando la Vuelta a Colombia se encargó de tratar de unir a un país sumido en La Violencia partidista, si el cundinamarqués Jorge Luque ganaba la etapa que terminaba en Medellín recibía una lluvia de piedras igual de cobarde a la que sufría Ramón Hoyos Vallejo cuando ganaba en Bogotá.

¿El problema es regional? Sí, en los colegios ya no enseñan esto, pero había un sancocho administrativo en Colombia llamado Estados Unidos de Colombia, que entre 1863 y 1885 trató de resolver nuestros endémicos problemas de identidad con una constitución federalista en la que los nueve 'Estados Soberanos' hacían lo que se les daba la gana: desde recaudar impuestos, emitir moneda de cada estado y tener libertad de declararle la guerra a otro estado, hasta ir a la guerra contra Prusia como hicieron en Boyacá o encerrarse en sí mismos y apostarle al crecimiento económico como hicieron en Antioquia.

El estado de Antioquia, ultracatólico, por supuesto, llegó a ser tan poderoso económica, política y militarmente, que incluso se metió sin permiso en terrenos baldíos de los estados de Cauca y de Tolima en lo que históricamente se conoce como 'colonización antioqueña', y por eso tenemos influencia cultural 'paisa' en lo que hoy es Caldas, Risaralda, Quindío y el Valle del Cauca, sin contar Chocó, que era parte de ese 'Estado Soberano de Antioquia'.

Pero aparecieron Rafael Núñez y el godísimo y cachaquísimo Miguel Antonio Caro, ganaron la guerra de 1885, impusieron la Constitución que se escribió en 1886 y la regional, federal y desordenada Colombia de los Estados Unidos se convirtió de pronto en la República de Colombia, con centro en Bogotá y punto.

¿Cómo esperar que en las diferentes regiones del país se aprecie a Bogotá o a los bogotanos cuando históricamente todo lo que pasaba en tu pueblo dependía de Bogotá? ¡Si hasta el nombramiento del alcalde dependía de la aprobación presidencial en la fría ciudad del centro!

La capital, a pesar de ser la ciudad de todos, la capital de las puertas abiertas, la que recibió desde los 50 a millones de migrantes regionales que le huían a la violencia, que buscaban un mejor futuro laboral o académico, se convirtió en el antipático centro de poder del que todos los demás dependieron. La Constitución de 1991 trató de cambiar esto con la idea de la descentralización política y administrativa, pero no lo ha logrado del todo gracias a la larga tradición de burocracia y corrupción que heredamos de la carta magna anterior, pero sobre todo a que el centralismo vive en lo simbólico:si ves un noticiero en un canal nacional no es un noticiero nacional, es un noticiero de Bogotá, hecho en Bogotá, con exceso de noticias locales y que trata de justificarse como nacional ofreciendo una ronda por las ciudades; si ves una telenovela, así sea de corte regional (fíjense en la multiplicación de telenovelas geolocalizables y llenas de acentos en los últimos 22 años para mostrar que estamos 'descentralizados'), vas a tener actores bogotanos (incluso haciendo de costeños, paisas, vallecaucanos, etc.) y, peor aún, muy seguramente el personaje chueco, malo, hipócrita o traicionero será un estereotipo rolo.

El odio regional está metido en nuestra sangre por tradición histórica, por cultura, por forma de vida, y por supuesto se metió en el fútbol, la última vitrina de intolerancia. Claro, no es la única: somos sexistas (lo de la niña con minifalda en ese sitio que supuestamente es el epítome del colombianismo llamado Andrés Carne de Res lo demuestra), sexistas, racistas, pero, por sobre todas las cosas, estamos cargados de odio en el fútbol y todos esos otros elementos se reflejan ahí.

Si elogias a alguien del equipo rival, por ejemplo, inmediatamente salta la intolerancia histórica y te proponen darle culo, mamárselo, abrirle las piernas... todos insultos que demuestran la católica homofobia de la cultura colombiana y lo que en últimas se piensa culturalmente de la mujer: que es un objeto de gozo, una cosa inferior que está para mamarlo, abrir las piernas y poner culo (si hasta el prohombre Andrés Jaramillo cree que por eso es que se ponen minifaldas).

Si un jugador negro hace algo mal, inmediatamente es un negro hijueputa o, gran frase de estadio, "tenía que ser negro" (de los mismos creadores de "negro ni el teléfono"), y en esa categoría racista entra eso de "paisas, raza maldita" que vi el domingo en Twitter durante la final, o el "costeños comeburras" que le dicen a los hinchas de Junior en los otros estadios del país.

El fútbol nos divide de formas oscuras que hacen aparecer odios históricos y, lo más extraño, es que en este momento el fútbol es la principal razón de unión nacional gracias a la clasificación de la Selección Colombia al Mundial, pero ni así, ni siquiera cuando hay un equipo de amarillo, azul y rojo representando con victorias a toda la nación logramos dejar atrás lo que llevamos en la sangre. Sólo hay que ver cómo se ataca desde el Caribe a aquel que ose criticar a Teófilo Gutiérrez, cómo desde Antioquia florecen las amenazas si hay algún comentario negativo sobre Stefan Medina y cómo desde Bogotá muchos ponen el grito en el cielo porque Pedro Franco no está en la Selección.

Porque claro, como pasa siempre con el odio, todo es culpa de otro: si Teófilo es suplente es porque "la prensa de Bogotá le está haciendo campaña a Jackson Martínez", si a Medina lo convocan es porque "la Federación se le vendió a Postobón", porque "Pascual Lezcano es el que maneja la Selección", porque "Nacional es una mafia", y si Franco no es convocado es porque "odian a Bogotá" y "todos son unos vendidos miserables", y todas las anteriores con nueva versión. Es decir, es más fácil dejar salir el odio que aceptar que el señor Pékerman es el que manda en su equipo y está en su soberano derecho de convocar y alinear a quien quiera (para eso le pagan, y mucho, para armar la Selección como se le dé la gana).

El odio, dice mi terapeuta (sí, me tocó ir a terapia para manejar el estrés), es un problema de ego, de autoestima, y como lo escribí una vez en Twitter, Colombia tiene la autoestima de una quinceañera gorda. Se refleja en la enorme incapacidad de autocrítica y de burlarnos de nosotros mismos pero, sobre todo, en el miedo que le tenemos al otro. Y el miedo, como diría Yoda, es el primer paso hacia el lado oscuro.

Lo triste es que vivimos en ese lado oscuro en el que para ocultar ese miedo cultural a aceptar al otro, a aplaudir la diferencia, es más fácil cerrarle las fronteras a las barras de otra región (qué vergüenza lo del Alcalde de Medellín), que tratar de buscar acercamientos.

Por eso los que han sido olvidados por la sociedad y lo único que tienen es esa barra, que en últimas es una excusa para sentirse alguien en una nación en la que no son nadie política, social, económica y culturalmente, le huyen al miedo que esto genera con peleas a cuchillo en parques y barrios vestidos con camisetas de clubes a los que sólo les importan como compradores de boletas y camisetas; por eso tratan de ocultar su incapacidad de ir más allá agrediendo anónimamente con piedras y balines que parecen balas de cañón decimonónico; por eso el fútbol, la mayor de las pasiones de la sociedad colombiana, es la nueva vitrina de un odio endémico, cultural, contra el que hay que tomar medidas pedagógicas y de hecho en serio.

Las grandes transformaciones culturales nacen de pequeños cambios individuales que se van convirtiendo en cambios de toda la sociedad. Aún es tiempo; me niego a creer que Fernando Vallejo tuvo razón cuando dijo: "Colombia es un desastre sin remedio. Máteme a todos los de las FARC, a los paramilitares, los curas, los narcos y los políticos, y el mal sigue: quedan los colombianos".

En Twitter: @PinoCalad