Julio 29, 2016

La Copa América de 2001: un título que terminó en derrota para Colombia

En enero de 2000 el proceso de Javier Alvarez al frente de la Selección Colombia fue frenado en seco tras caer 9-0 con Brasil en el Preolímpico de Londrina, en ese país. La Selección entonces quedó en manos de Luis Augusto García, para enfrentar la Eliminatoria que empezaba ese año, pero al 'Chiqui' se le complicaron las
cosas.

El técnico no sólo debía
clasificar al mundial sino, además, ser campeón de la Copa América que se
realizaría en Colombia en 2001. Andrés Pastrana, presidente electo en 1998,
solicitó un año después, personalmente, la confirmación de la sede de la Copa
América de 2001 para el país que había sido asignada en 1987.

El panorama no
era bueno. Colombia no mostraba un buen juego en la Eliminatoria y, aunque estaba en los primeros
lugares, su puesto podía variar en cualquier momento. Además, la elección de la
sede en Bogotá tenía a todo el país acusando un centralismo que, visiblemente,
no le favorecía al juego del equipo y, por tanto, a la imagen del país.

El sentido de
jugar en Bogotá era aprovechar la altura y así disminuir físicamente al rival,
pero la preparación era inadecuada y la Selección se presentaba en la capital
en las mismas condiciones que se presentaban sus rivales.

Las voces de
protesta no sólo venían de Barranquilla sino de todo el país y los resultados no
favorecían la labor de García: mientras Colombia apenas había empatado en
Bogotá con Brasil y luego había perdido por 1-0 en Sao Paulo, Ecuador y Chile
habían derrotado como locales a la potencia y Uruguay le había empatado en su
sede.

La gota que
derramó la copa fue el empate en San Cristóbal con Venezuela 2-2. El “hermano
país”, en el papel el rival más débil, tiene una función en el imaginario
nacional de ser el equipo que más complica a Colombia: un empate en
esa misma ciudad había eliminado a Colombia del mundial de 1986 y ese 2-2
representaba la salida del grupo de los cinco primeros en estas eliminatorias
del 2001.

Sin atenuantes,
y ante la división de la opinión nacional, García fue despedido y se volvió a
contratar a Francisco Maturana.

'Pacho' debía
ganar primero la Copa América que se realizaría en julio, y luego ganar tres
partidos de la eliminatoria para clasificar el Mundial. Sin embargo, el torneo en el que debíamos a ser anfitriones se empezaba a complicar...

La compleja Colombia del 2001 

La Copa se
había vuelto una cuestión de Estado del gobierno Pastrana, y era su tabla de
salvación para aumentar el índice de popularidad de su administración en medio de un
proceso de paz con la guerrilla que naufragaba y al cual el presidente le había
apostado todo su capital político.

El hecho no
era sólo organizar la mejor Copa América de los últimos tiempos, sino ganarla,
y este discurso gubernamental fue pronto aprehendido por todos los colombianos
que vieron en la realización y consecución de la Copa un asunto personal.

Este
sentimiento creció a medida que, al acercarse la fecha de inicio del torneo, la
Conmebol empezó a escribir una novela extraña en torno a la realización del
evento, cuya protagonista era la inseguridad, cuando ya se habían asignado sus
tres sedes principales en Medellín, Cali y Barranquilla, sus subsedes en
Armenia y Manizales y el hogar de la final en Bogotá

El 2001 había
sido un año complicado por la ausencia de una tregua en medio de las
negociaciones del proceso de paz con las FARC y por que, por primera vez en varios años, el
terrorismo se volvía a hacer presente en las ciudades, algo que no sucedía desde la era del narcoterrorismo.

Primero fue el
carro bomba que destruyó gran parte del centro comercial El Tesoro en Medellín
el 11 de enero. Esto era grave, no sólo por la bomba, sino porque la ciudad
sería la sede del grupo C cuya cabeza era Argentina. Pero luego
llegó mayo y las cosas empezaron a empeorar.

El día 4 un
carro bomba estalló en frente del Hotel Torre de Cali, en el que se encontraban
las oficinas de la  organización de la
Copa América. El gobierno y la Federación de Fútbol se apresuraron a
aclararle a la Conmebol que este atentado no tenía nada que ver con el evento,
pero los miembros de la Confederación empezaron a tener sus dudas.

Días después
explotó otro carro bomba en el Parque Lleras de Medellín y a los tres días, el 19 de mayo, la policía
encontró y desactivó un nuevo vehículo cargado con explosivos, pero esta vez en
Itagüí. Luego, el 21,
la Policía encontraría un misil aire-tierra que sería utilizado como bomba en
pleno centro de Bogotá en una camioneta.

La Conmebol le
hizo saber a la Federación colombiana que esto ponía en riesgo la realización
de la Copa y le pidió al gobierno que garantizara la seguridad del evento.

Este, más allá
de preocuparse de dónde había salido un misil aire-tierra, veía cómo se
complicaba la que, imitando a Belisario Betancur y aprovechando la coyuntura de las
negociaciones con la FARC, había sido llamada la “Copa de la Paz”.

Pastrana salía
casi todos los días en la televisión para decirles a los colombianos que la Copa
se realizaría en calma y que esperaba que los violentos la respetaran.
Pero el 24 de
mayo explotaron dos bombas en Barrancabermeja, y al día siguiente dos petardos
dejaron heridos frente a la Universidad Nacional de Bogotá.
 

Esta ola de
atentados fue explicada como una retaliación de grupos de narcotraficantes
pues, hasta esta fecha, 34 solicitudes de extradición habían sido aprobadas por
el gobierno después de que se reformara el artículo constitucional que la
prohibía.

La
Confederación Suramericana de Fútbol, que no está para entender venganzas de
narcotraficantes, planteó entonces la cancelación del evento o una reasignación
de sede y fue ahí cuando el gobierno realizó un nuevo viaje con intenciones
políticas.


Pastrana, el otro capitán de la Selección Colombia

“Vamos a
cambiar las bombas por goles”[1], dijo el presidente
Pastrana antes de enviar una comitiva a Asunción, sede de la Conmebol, para que
recuperaran la Copa América. En esta comitiva no sólo iba la dirigencia
deportiva del país, sino que los verdaderamente importantes delegados para
salvar la Copa eran los alcaldes de todas las ciudades sede y dos Ministros de
Estado, principalmente el Ministro de Minas y Energía Ramiro Valencia Cossio
conocido por sus dotes como negociador.

La presencia
de un Ministro de Minas y Energía en una cumbre de dirigentes de fútbol muestra
claramente los objetivos de gobierno de la administración Pastrana.

La comitiva
volvió victoriosa y se trajo la Copa que fue besada inmediatamente por el
presidente, cual si fuera el capitán de la Selección campeona, y se planeó todo
para que el 11 de julio los diez equipos de Suramérica junto a Canadá y México,
como invitados, comenzaran a disputársela.

La Copa
América parecía serlo todo. El Aguardiente Antioqueño era la “Copa Ardiente”,
Coca Cola sacó unos comerciales en los que se mostraban paisajes hermosísimos y
gente tomando gaseosa que perfectamente podían servir en Perú, Chile o Surinam,
los bancos lanzaron al mercado pollas maravillosas que, de ser acertadas,
restituirían la deuda del UPAC en UVR´s o le rebajarían el 3 por 1000 al
cliente o, mínimo, le daban plata; Pedro el escamoso, el personaje de moda en
la televisión, salía cada hora en la pantalla chica vistiendo el uniforme de la
Selección, y la noticia de todos los días era cómo iban a recibir en Cali a
Brasil o en Medellín a Argentina, y cómo se iba preparando el equipo de
Maturana que, como él mismo lo había dicho, tenía que ser campeón.

Pero el 25 de
junio todo se fue al piso. Las FARC secuestraron al vicepresidente de la
Federación, Hernán Mejía Campuzano, e inmediatamente la
Conmebol canceló la Copa como protesta por el hecho.

Dos días
después Mejía fue liberado pero la decisión ya estaba tomada y Colombia perdía
su Copa América así como en el 86 había perdido su Mundial. Ese mismo día llegó
un panfleto al consulado argentino en el que un anónimo amenazaba a la
Selección de ese país y todo parecía perdido.

El presidente
se dirigió a la Nación en su tradicional alocución televisiva y dijo que el
quitarnos la Copa era un atentado diplomático.
La verdad es
que, más allá del problema de seguridad del país, quitarle la Copa a Colombia y
darle la sede a Brasil parecía ser el objetivo de Ricardo Texeira, presidente
de la Confederación Brasileña de Fútbol, para así obtener todos los beneficios
comerciales del evento y facilitar le producción de Traffic, empresa brasileña
dueña de los derechos televisivos que, de realizarse el evento en Colombia, le
debía dejar la producción al Gol Caracol, productor televisivo por contrato con
la Federación local.

El presidente
Pastrana empezó una nueva campaña diplomática con el presidente de la Conmebol,
Nicolás Leoz, y con los mandatarios de cada país de Suramérica. Esta campaña
llevó a que el 30 de junio se determinara mantener la sede en Colombia, por
solidaridad con el país, y porque los soldados liberados que retenían las FARC
querían ver los partidos, pero aplazar el evento para el 2002.

En una nueva
alocución presidencial, Pastrana calificó esto como una cachetada a Colombia, y
al comenzar julio los columnistas de todo el país no tenían otro tema que no
fuera la pobre imagen de Colombia en el mundo con este hecho.

Mientras la
Constitución nacional cumplía diez años entre críticas y elogios, y los
colombianos asistían frustrados a los cines a ver Pena Máxima, una película
sobre la pasión colombiana por el fútbol, en Asunción la Conmebol se volvió a
reunir para determinar el futuro de la Copa América 2001.

El 5 de junio
la Confederación Suramericana, presionada por Traffic, Coca Cola, Master Card y
Telefónica, patrocinadores del evento que amenazaron con demandarla por 50
millones de dólares, ratificó la sede para Colombia y determinó que todo
quedaba como antes y que el evento empezaría el 11 de julio como se tenía
planificado.

La noticia en
Colombia despertó el amor propio y todos y cada uno de los colombianos
sintieron que iban a devolverle la cachetada a los países suramericanos
haciendo la mejor Copa jamás hecha, y siendo los mejores anfitriones que
alguien hubiera visto.

Lástima para
el presidente Pastrana que todos los medios explicaron la razón por la cual la
Copa se quedó en Colombia, si no habría pasado a la historia como héroe
nacional por su labor para salvar el evento. Aún así, muchos
consideran que esa fue su mejor acción de gobierno...

La bofetada gaucha 

Pero no todo
era alegría, Canadá canceló su presentación y Julio Grondona, presidente de la
Federación Argentina de Fútbol, dijo que su Selección no asistiría a la Copa. Esta noticia
hizo que cayera la sombra de la tristeza en Medellín, sede de Argentina, y
ciudad que culturalmente está muy vinculada con el país del sur desde los 30 con Carlos Gardel como modelo y el tango como pasión.

La polémica se
volvió a iniciar en los medios y los cafés, donde los amigos no dejaban de
comentar la actitud de Grondona, el cual fue presionado para enviar cualquier
equipo a Colombia por el presidente argentino Fernando de la Rúa, quien era
llamado a diario por su homólogo colombiano.

Lo de Canadá
no le importó casi a nadie pues a fin de cuentas era sólo un invitado, pero el
rechazo de Argentina fue interpretado como una ofensa contra el país y los
colombianos y fue eso, en últimas, lo que comprometió a los habitantes del país
en esforzarse por realizar un evento para la posteridad que tuviera el nombre
de Colombia: “Que Canadá no asista, vaya y venga. Pero que Argentina se empeñe
en deslucir una Copa que todos esperamos que al final resulte entretenida no
tiene presentación”[2].

Los paisas
enviaban cartas a la embajada argentina, y todos los días salían en televisión
prometiéndoles una hinchada permanente a la Selección gaucha. El diario El
Colombiano pedía el 10 de julio “Que vengan pa´ mimarlos”, pero todo fue
inútil.

Los
antioqueños leyeron con tristeza al día siguiente en la primera página de su
principal periódico: “Se arrugó Argentina y no viene a la Copa”, y se unieron al
comentario del alcalde Luís Pérez: “Es una bofetada que se le da al país”[3].

Ese día, el
día que en Barranquilla empezaba la Copa con el partido entre Colombia y
Venezuela y todo el país estaba pendiente de su equipo, Medellín fue infeliz.

Los reemplazos
de Argentina y Canadá fueron Honduras y Costa Rica, que aceptaron la invitación
en cuestión de horas y salvaron la realización de la sede en el grupo C, en el
que argentinos y canadienses jugarían contra Bolivia y Uruguay.

Esto hizo que
los dos equipos centroamericanos se volvieran los favoritos de los antioqueños
pues “sin siquiera pisar territorio antioqueño tanto Costa Rica como Honduras,
por el desprendimiento demostrado en colaborar con la fiesta, se convirtieron
en las selecciones mimadas de la afición local que nunca olvidará este gesto
oportuno y gallardo de aceptar la extemporánea invitación”[4].

Incluso en el
primer partido de este grupo entre los dos centroamericanos, que fue bastante
malo, el público que llenaba el estadio Atanasio Girardot hizo una fiesta al
empezar a animar a los dos equipos con oles
cuando no había buen fútbol que los ameritara.

Esa noche, en
medio de varias quemas de camisetas argentinas y de letreros que decían:
“Argentina, Honduras tu papá”, una pancarta estaba en medio de la tribuna
occidental y resumía lo que pensaban todos los antioqueños: “Grondona boludo:
el único argentino que murió en Medellín fue Gardel y se llenó de gloria”.

Hablemos de fútbol y de gloria 

Esta fue, sin
lugar a dudas, la mejor Copa realizada en muchos años, más que por el nivel
deportivo, por la permanente presencia de público en las tribunas de todos los
estadios, por la amabilidad con que se trató a los visitantes y por la fiesta
que vivió el país.

No importaba
si ese día jugaba o no Colombia, las banderas con el tricolor nacional se
volvieron una constante aún en partidos que, en la práctica, eran poco
interesantes par el público como Honduras vs Bolivia.

A todos los
colombianos les gustaron las palabras del técnico brasileño Luiz Felipe
Scolari: “El pueblo colombiano nos está tratando maravillosamente bien y vamos
a retribuírles con nuestro fútbol”[5], pero les gustó más el
hecho de que el pequeño consentido, Honduras, eliminara al tetracampeón mundial
en cuartos de final.

Ante la
ausencia de los argentinos Batistuta y Verón, el ídolo del torneo fue el
costarricense Paulo César Wanchope, que hacía jugadas de lujo y tuvo barra
propia en Medellín.

Los índices de
violencia descendieron como nunca en los últimos años, un 35% en las tres sedes
iniciales, y la guerrilla cesó sus ataques convirtiendo a la Copa América de
Colombia en la "Copa de la Paz" que tanto había anunciado el presidente.

En Medellín,
por ejemplo, “en la semana anterior a la Copa se presentaron 70 homicidios en
el área metropolitana; en la primera semana del evento esa cifra cayó a 55, y
en la segunda a 37, un número no registrado desde hacía 20 años”[6].

El estado de
bienestar fue tan alto, que la columnista María Isabel Rueda llamó en todas su
columnas de julio en la revista Semana al fútbol como el “prozac de los
colombianos”.

El
comentarista Carlos Antonio Vélez junto al técnico argentino campeón del mundo,
Carlos Salvador Bilardo, encargados del cubrimiento del evento para el canal
RCN, hacían análisis tácticos de las jugadas, de los planteamientos ofensivos,
del posicionamiento de los líberos, los stoppers y las triangulaciones de
compresión en un tablero con fichas imantadas que, si bien casi nadie entendía,
todos disfrutaban pues se sentían parte del conocimiento que generaba la “Copa
de todos”.

El comercio se
reactivó con productos referentes a la Copa, los bancos sacaron cuentas con
nombres referentes al fútbol, las ventas de banderas y camisetas colombianas se
dispararon en los mercados callejeros y, lo mejor de todo, la Selección
Colombia estaba haciendo un papel memorable.

El país estaba
feliz y el presidente Pastrana estaba feliz. La situación fue caricaturizada en
todos los medios con peticiones de una Copa América permanente durante toda la
administración Pastrana.


Y un día fuimos campeones de América

Colombia llegó
a la final invicta, con el goleador del torneo, Victor Aristizábal, y sin haber
recibido un solo gol. Fue casi
irónico que el día de la final entre Colombia y México, El Tiempo abriera con
dos titulares: “Al filo de la Apoteosis” y “El último año de Pastrana”. Ese día,
domingo 29 de julio, se propuso una campaña para las personas que seguramente
llenarían el Campín: llevar puesto algo blanco como protesta frente al
secuestro. El lema era: “Un solo equipo por la libertad de todos”.

Después de ver
con satisfacción de hermano mayor que el invitado de última hora, Honduras,
ocupaba el tercer lugar de la Copa al derrotar por penaltis 5-4 a Uruguay, el
corazón de los colombiano empezó a latir más fuerte.

El capitán
Iván Ramiro Córdoba salió encabezando un grupo de hombres que, sobre la
camiseta amarilla, llevaban puesta una blanca que llevaba impreso el mensaje en
contra del secuestro.

La euforia fue
total, tanto en el estadio como al frente de los televisores todos los
colombianos sintieron que el suyo era un equipo de patriotas: la identidad se
volvía a replantear en la Selección ampliando la cadena de ídolos.

Ya no estaban
“el Pibe” y su equipo, pero estaban Iván Ramiro Córdoba, Oscar Córdoba, Mario
Yepes, Gerardo Bedoya, Iván López y , aunque no estuvieran en la alineación de
ese día, Jairo “El Tigre” Castillo y Juan Pablo Ángel.

En un partido
complicadísimo, que no dejó dedos con uñas y por el que muchos perdieron varios
kilos, Colombia ganó por primera vez el título de campeón de algo en mayores con un gol en
el minuto 64 del capitán Iván Ramiro Córdoba frente a México.

La alegría
embargó al país, las calles se cerraron para que el pueblo pudiera celebrar el
triunfo, su triunfo, y, a diferencia del 5-0, la celebración fue tranquila pero
emotiva.

Cada ciudadano
se sintió un ganador, empezando por el presidente Pastrana, que vistiendo su
camiseta de la Selección es el primer mandatario en la historia mundial que
recibió la Copa y una medalla de campeón, como si hubiera sido un jugador más, y
el país se llenó de esperanza nuevamente: no había paz con las FARC, pero había
fe de clasificar con ese equipo al Mundial y al fin teníamos un título que
mostrar a nivel internacional.

Claro que la
ausencia de Argentina del evento, el mejor equipo del momento en el mundo junto
al campeón mundial Francia, empañaba la celebración pues los colombianos no
habían podido demostrar su superioridad frente a los argentinos en una disputa
nacionalista que todos los que vivimos en el presente tomamos como irrefutable.

Pastrana había
salido victorioso en su plan de conseguir la Copa América para Colombia, en
todo el sentido de la palabra “conseguir”, pero Maturana fracasó en su intento
de clasificar el equipo a Japón y Corea 2002.

Una derrota
con Perú en Bogotá (Perú, siempre Perú), y un empate con Uruguay en Montevideo
obligaban a tener que ganarle en Defensores del Chaco a Paraguay y esperar que
Argentina derrotara a Uruguay como visitante para acceder al quinto puesto.

Increíblemente,
Colombia jugó como el campeón de América que era, para orgullo nacional, y derrotaba
a Paraguay en su temido estadio por primera vez.

El 4-0 era más
que sorprendente pero no bastaba pues en Montevideo Argentina y Uruguay
empataban a un gol, y ese resultado obligaba a Colombia a anotar otro gol para
superar a los uruguayos en  la diferencia.

El gol de
Colombia nunca llegó. El de Argentina tampoco.

Al enterarse
de la finalización del partido en Defensores del Chaco los argentinos empezaron
a hacerse pases para atrás y se olvidaron de que Uruguay tenía arquero y portería.

Esta conducta
antideportiva, que le dio la posibilidad a Uruguay de jugar por el último cupo
al Mundial frente a Australia, fue justificada por la estrella argentina Juan
Sebastián Verón que, después del partido le dijo a la televisión que si
Colombia hubiese metido el gol que le hacía falta, Argentina se habría dejado
ganar de Uruguay.

Esto, sumado
al rechazo de la Copa América, fue entendido por el pueblo colombiano como una
venganza argentina por las derrotas que le había propinado en los 90. De esta forma
los colombianos convirtieron a Argentina, un país con el que las diferencias
históricas, políticas, económicas y culturales nunca han sido trascendentes
como sí lo han sido con Perú o Venezuela, en el “otro” que necesita el
nacionalismo colombiano representado en el fútbol de final de siglo XX y
comienzo del XXI.

Ante la
ausencia de enemigos nacionales reales, Argentina es, por el fútbol, nuestro
"enemigo".

La gloria del campeón de América terminó con el fracaso de no asistir a un Mundial, algo que se considera una
catástrofe nacional, y con el mejor ejemplo de la nueva identidad nacional que
representó el fútbol en el siglo XX para Colombia alojado en el Museo Nacional.

Allí, a unos
cuantos metros de la Carta de Jamaica por la que Bolívar declaró la guerra a
“Españoles y Canarios”, y muy cerca de las pertenencias del Libertador y de los
objetos más representativos en la constitución de la nación durante el siglo
XIX, reposa una copia exacta de la Copa América ganada por Colombia en 2001.

El gran testimonio de que Colombia fue el país más
grande, al menos en algo....



[1] Revista Cambio. No 415. Bogotá. Junio 4 de 2001. Pág. 20

[2] Bayona, Mauricio. Se nos
vino encima en El Tiempo. Bogotá. Julio 8 de 20001. Pág. 3-3.

[3] El Colombiano. Medellín. Julio 11 de 2001.

[4] Gracias, Honduras y Costa Rica. Editorial en El Colombiano.
Medellín. Julio 13 de 2001. Pág. 5ª.

[5] El Tiempo. Bogotá. Julio 13 de 2001. Pág. 3-3.

[6] ¿Qué dejó la Copa América? en El Tiempo. Bogotá. Julio 30 de
2001. Pág. 3-18.