Septiembre 5, 2015

El 5-0: la fiesta que terminó en tragedia para Colombia

Ni siquiera un
7 de agosto y un 20 de julio juntos han visto tantas banderas colombianas como
el mes largo que duró la eliminatoria de 1993. Todo el país
estaba convencido de que, al menos, se conseguiría ir al repechaje contra el
ganador de Oceanía como cuatro años atrás cuando clasificamos a Italia 90 vía Israel, e incluso algunos confiaban en que
se le podría ganar el grupo a Argentina.

La historia
comenzó con un negativo 0-0 en Barranquilla frente a Paraguay. Una vez más el
eterno rival parecía dañar el camino a Colombia. El 8 de
agosto, en Lima, el discurso de la paternidad peruana (que había tenido su punto más alto con la Copa América del 75) pasó a la historia con
una victoria por 1-0 con gol de Freddy Rincón.

Sin embargo la
situación no era favorable pues Argentina le había ganado también a Perú en
Lima y, además, ese mismo día había derrotado a Paraguay en Defensores del
Chaco, algo que resultaba muy difícil para Colombia.

Pero el partido
que diría la verdad se daría el 15 de Agosto en Barranquilla cuando Colombia
enfrentara a Argentina. La Selección bicampeona del mundo llegó a la capital
del Atlántico con 33 fechas de invicta y el favoritismo de toda la prensa
internacional. Pero los
colombianos querían repetir el partido de 1987, cuando la Selección le ganó a
Argentina en Buenos Aires, con Maradona incluido, por 2-1
.

La alineación
para este partido fue una polémica nacional. Asprilla no venía jugando bien,
Aristizábal era titular ante el rechazo de los medios y las tribunas, y muchos
columnistas de periódicos y revistas le pedían a Maturana que dejara jugar al 'Tren' Valencia y a Valenciano para así solucionar el problema de gol.

En una
entrevista radial incluso se le pidió su opinión al respecto al presidente
César Gaviria, quien dijo respetar la opinión del técnico.

Ese 15 de
agosto los colombianos se sintieron una potencia más del fútbol mundial. La
victoria por 2-1 sobre Argentina, con goles de Valencia y Valenciano, no sólo
acabó con un invicto de dos años y medio que tenía esa Selección, sino que hizo
sentir a los colombianos mejores de lo que eran antes y dio motivos para que
las banderas, acompañadas por la harina y el licor, se tomaran las calles
colombianas.

Hernando
Santos, director de El Tiempo, criticó el exceso de licor y de harina en las
calles pues le pareció que eso empañó la victoria, y rebajar así algo tan
importante para todo el país era “injusto, antipatriótico y antideportivo”[1]

Su hijo
Enrique Santos, tal vez el columnista más leído del país en ese momento, dedicó su Contraescape de esa semana a la
Selección Colombia: “Resquemores regionalistas o clasistas se funden en la gran
olla de presión patriótica que representa un partido de Eliminatoria para Copa
Mundo contra un país como Argentina... La Selección encarna y sintetiza una
positiva identidad nacional”[2].

Esa "positiva
identidad nacional" se veía en el optimismo de la gente que, aunque enfrentaba
el terror de las bombas de Pablo Escobar, veía en su Selección la posibilidad
de borrar lo que los carteles le habían dejado de imagen.

Esa autoestima
baja de los colombianos que producía la imagen del narcoterrorismo en el
exterior hizo que se buscaran referentes positivos y simbólicos, y el referente
inmediato era la Selección Colombia.

Pero aún
quedaban partidos y el 22 Colombia tuvo que jugar, una vez más, en Defensores
del Chaco. El empate 1-1
fue el mejor resultado posible en Asunción frente a un equipo paraguayo que,
como siempre, pegó duró y apretó de más.

La victoria
por 4-0 sobre Perú en Barranquilla, la primera goleada sobre nuestros vecinos
en la historia, dejó a Colombia clasificada, al menos, al partido contra
Australia, ganadora de Oceanía. La fiesta fue
total y las banderas se volvieron a agitar por toda Colombia.

Un empate en
el último partido en Argentina daría la clasificación directa al mundial y una
derrota llevaría al equipo a conocer Australia, pues tenía una ventaja de un
punto sobre sus próximos rivales.

El 5 de
septiembre sería el partido definitivo. Días antes Carlos Vives había puesto a
bailar a toda Colombia con el lanzamiento de su disco Clásicos de la Provincia. El país entero era una fiesta y ni
siquiera los comentarios que publicaba la prensa sobre el optimismo que tenía
Argentina le inquietaban.

Por esos
mismos días Diego Armando Maradona, el gran ícono argentino, le dijo a la
prensa de su país que Argentina clasificaría porque Colombia no podía cambiar
la historia, y la historia decía que Argentina estaba arriba y Colombia estaba
abajo.

Esas palabras
se grabaron como huellas en hierro en la memoria de todos los colombianos.

El 5 de
septiembre, con la esperanza de callarle la boca a Maradona, como si fueran
ellos los que jugaran ese día, millones de colombianos se sentaron frente a sus
televisores a comerse las uñas.

Aquel 05.09.93

Apenas
saltaron a la cancha, los jugadores criollos fueron abucheados por las 80.000
personas que, incluyendo a Maradona y su mujer, estaban en las tribunas del
Estadio Monumental de Buenos Aires, el mismo en que cinco años atrás 'El Pibe'
y su corte le habían ganado por 2-1 a la entonces Selección campeona del mundo.

El partido
empezó entre cánticos en la tribuna y nerviosismo frente a las pantallas en
Colombia. Finalizando el
primer tiempo, y después de que Córdoba había atajado todo lo que le tiraba
Batistuta, Rincón anotó el primer gol.

En Argentina
nadie lo podía creer y en Colombia, después de celebrarlo, muchos se lo gritaron
a través del televisor a Maradona.

Pero lo
increíble vino en el segundo tiempo.

Córdoba siguió
impidiendo goles argentinos y, de pronto, empezó el rosario de anotaciones
colombianas: Asprilla, Rincón, nuevamente Asprilla y Valencia sellaron el 5-0
sobre Argentina y el día de más felicidad de la historia colombiana.

Las cámaras
del Gol Caracol disfrutaban enfocando una y otra vez la expresión de velorio de
Maradona. William Vinasco no paraba de gritar, al ritmo de salsa, que esa era una de las dos cosas que más le gustan hacer
en la vida, y los colombianos de pie tarareamos la letra del tema “¡Ay que orgullosos me siento de ser un buen
colombiano!” cuando, al finalizar el partido, los 80.000 testigos de la
goleada se paraban de la tribuna a aplaudir y las cámaras enfocaban
especialmente el amargado aplauso del mejor jugador argentino de la historia.

Ese día todos
nos sentimos más colombianos. Todos creímos que el mundo era mejor. Todos nos
sentimos parte de la más fantástica victoria que unos héroes liderados por un
capitán de rizos rubios habían obtenido en Argentina.

El 6 de
septiembre El Espectador tituló “¡Mundialistas!”, El Tiempo “1,2,3,4 y 5 a
Estados Unidos 94”, y El Colombiano un categórico “¡5-0!”. Los miembros
de la Selección eran héroes para todos y, una vez más, el editorial de El
Tiempo analizó el hecho: “Colombia renace de la violencia con un balón en la
mano. Puede parecer frívolo que ante el dolor de tantas muertes, una victoria
apabullante, seria, de conjunto, necesaria, lleve al país a una etapa de
optimismo. No se trata de pensar que el deporte sea la actividad más importante
de un país, pero lo que ocurrió en la nación del sur es la muestra de una
nacionalidad, un conglomerado, una entidad que no se deja superar ni aplastar
por la bala, el chantaje, el secuestro... ¡Viva Colombia! Esta es la patria que
ha sabido superar etapas de violencia inusitada, de frialdad infinita, de dolor
que a veces creemos no poder soportar”[3].

Así, de un
momento a otro y gracias a cinco goles que se le metieron en un fenomenal
partido de fútbol a la Selección Argentina, cuarenta años de guerrillas, veinte
de narcotráfico y muchos más de violencia permanente desaparecieron.

El hecho de
que once titulares, cinco suplentes y un cuerpo técnico fuera el pacificador
del país merecía una distinción y esa noche, al recibir al equipo en una
multitudinaria celebración que terminó en el estadio El Campín con el
presidente Gaviria a la cabeza, la Selección Colombia recibió de manos del
primer mandatario la Cruz de Boyacá, el máximo honor que entrega el Estado
colombiano a sus héroes y personajes más ilustres, y Francisco Maturana fue
honrado con la Orden de Boyacá así como todos los jugadores lo fueron con la
Orden al Mérito.

De esta forma
la Selección Colombia quedó para la posteridad en el mismo nivel patriótico y
nacionalista del ejército libertador de Simón Bolívar pues, como lo planteó el
presidente en su discurso, la Selección había liberado al país de los violentos
como Bolívar había liberado al país de la opresión: “Hoy más que nunca estoy
convencido que tenemos las bases suficientes para mirar con orgullo nuestro
presente y nuestro porvenir. Y lo digo con la seguridad que me embarga: ya no
hay vuelta de hoja, no hay paso atrás, no hay camino de reversa. Atrás quedan
los pesimistas. Atrás quedan los violentos. Atrás quedan los perseverantes
pregoneros del desastre. La magia del
fútbol surgió de manera asombrosa y reina sobre Colombia”[4]

Lo que no
vieron ni el presidente, que estaba feliz abrazándose con 'El Tino' Asprilla,
ni la mayoría de colombianos que estuvieron de fiesta todo ese día cívico, fue
que “la magia del fútbol” despertó lo peor de muchos compatriotas y, en medio
del licor y la harina, 82 personas murieron y otras 725 resultaron heridas  en actos relacionados con la celebración.

Ni el
presidente ni el director de El Tiempo volvieron a mencionar eso de la
superación de “la violencia inusitada”... menos cuando nueve meses después esa pasión debordada que había generado esa Selección Colombia explotó con el fracaso de Estados Unidos 94 y el asesinato de Andrés Escobar.

Así, lo que fue el mayor motivo de orgullo nacional en un momento de nuestra historia, terminó convertido en una tragedia de la que aún hoy nos avergonzamos.



[1] El Tiempo. Bogotá. Cosas del día. Agosto 17 de 1993. Pág. 4A

[2] Santos, Enrique. El fútbol
como patria en El Tiempo. Bogotá. Agosto 19 de 1993. Pág. 4A

[3] Santos, Hernando. ¡Viva Colombia! Editorial en El Tiempo. Bogotá.
Septiembre 6 de 1993. Pág. 4ª.

[4] Gaviria, César. Discurso en homenaje a la Selección Colombia
pronunciado en el Estadio Nacional Nemesio Camacho. Septiembre 6 de 1993

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