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Junio 21, 2018

Una Argentina sin alma se lava las manos en Caballero

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El arquero argentino buscó apoyo en sus compañeros tras su error y encontró consuelo en quien menos esperaba.

No le quedaba más. Iba a sacar el balón de la red tal y como lo había hecho más de 400 veces en su carrera, aunque sabía que este jamás se le olvidaría. Nunca le había gustado ser el centro de atención, su hermana, también portera de vocación, reveló en una entrevista lo tímido que era, por lo que los focos, las cámaras de televisión y los más de 80 mil ojos puestos en él le encendían sus mejillas más de lo común. Por pena, no quería mirar sus compañeros, pero en el fondo sabía que necesitaba que le dieran aliento, que no lo juzgaran, que lo cobijaran como un equipo, como la Selección que decían ser. Solo uno se acercó, los demás, observó de reojo, se tomaron la cabeza y le dieron la espalda...

Parecía que la zozobra que los periodistas  le trasmitían al futbolero pueblo argentino invadía  también el campo de juego. Los croatas llegaban muy poco al arco de Caballero pero siempre con peligro, en la mente de todos los hinchas pasaba la imagen del penal de Beckham y el tiro libre de Svensson que los dejó por fuera de primera ronda en 2002. Maradona desde su palco pedía que los jugadores pusieran más huevos, mientras que unos hinchas croatas con gorros de waterpolo a cuadros parecían burlarse de los canticos y la euforia de los sudamericanos.

Hacía menos de un mes una noticia cambiaba la vida de Willy, Sergio Romero se había lesionado en pleno entrenamiento rumbo al Mundial y se lo perdía. El portero surgido en Boca Juniors y cuyo ídolo es Óscar Córdoba ha tenido una carrera bastante extraña en la albiceleste. Su debut absoluto, a pesar de tener 36 años, lo tuvo dos meses antes del Mundial y ahora el destino le daba la oportunidad de ser el número uno, una revancha de la vida que cuatro años atrás le negó la participación en el Mundial de Brasil, cuando jugaba en Málaga y le atajaba penales al mismísimo Cristiano Ronaldo.

Pero un nuevo y muy mediático compañero le daba la pelea: Franco Armani con sus cinematográficas atajadas en River Plate se ganó un puesto en la Selección en solo seis meses, bajo una campaña mediática poco antes vista. Lo que producía que el puesto de arquero fuera el más polémico de decidir aunque suene extraño para un equipo en el que  Messis, Agüeros, Higuaines y Di Marías se disputaban el ataque.

…los ojos claros de Caballero buscaban explicación ante la jugada que acaba de ocurrir, sus nerviosas piernas iban hacía el balón que había regalado, hasta que se dio cuenta que, tras cerrar sus ojos, Enzo Pérez ya había ido por él. Buscó auxilio en su excompañero de equipo y de zaga, Otamendi, pero solo vio que su cabeza, tapada por sus manos, se movía de izquierda a derecha en gesto de negación, siguió caminando para revisar lo que hacía al que llaman ‘Jefecito’ para ver si le daba una arenga, un regaño, un putazo, pero solo le vio el apellido y el número 14 de su camiseta. Ya sin esperanzas, de reojo, como lo había hecho con los otros dos futbolistas, buscó al 10, pero se tropezó con el mismo hombre que tuvo a su lado hace más de una hora cuando cantaban el himno, un cabizbajo jugador con la cinta de capitán.

Alzó la vista y entendió que como muchas veces le han dicho, cuando un arquero comete un error queda solo. En medio de su corta reflexión sintió un halonazo y una palmada en la espalda, era del más joven de sus compañeros en cancha, un tal Nicolás Taglifico. Recibió ánimo del que menos lo esperaba, necesario para ‘bancarse’ los silbidos de sus compatriotas hasta el final del, probablemente, último partido con su Selección.

Sobre los últimos minutos, con la desgracia encima vio como Acuña lloraba en el piso el tercer gol que habían hecho los croatas, un gol que solo el volante y él habían tratado de evitar, entonces le dio la mano y lo alzó.